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Agustín Carrillo

Revista digital

Agenda Viva. Verano 2012
Al descubierto

El precio de la tecnología

Imagen del documental Blood in the MobileEl miedo era de una intensidad demoledora, la noche amplificaba los sonidos inciertos de la naturaleza tropical; decenas de mujeres y niños se alejaban lentamente del poblado para pasar una noche más en medio de una de las selvas del este de la República Democrática del Congo. Su objetivo: «refugiarse», en la espesura amarga de la intemperie y de los animales salvajes, de otro posible ataque a sus destartaladas chozas, a sus destrozadas vidas.

Así podría empezar el relato de una noche en la vida de muchas mujeres congoleñas que llevan ya varias violaciones brutales a sus espaldas y las cuales, casi todas, han perdido por la violencia a uno o más hijos, esposos y pertenencias en los ataques de una de las tantas guerrillas degeneradas que ha dado la maldad humana y que operan en la zona: el Ejercito de Liberación del Señor (LRA), que, como cuenta el obispo de Bangassou, Monseñor Juan José Aguirre, han sido una auténtica pesadilla por sus crímenes, saqueos y violaciones en masa, raptando a miles de niñas y niños, las primeras como esclavas sexuales, los segundos como porteadores de lo que roban a una de las poblaciones más pobres del mundo, que viven con menos de un euro al día, para convertirlos posteriormente en niños soldados. Este grupo de locos, continúa diciendo, «huyen por la selva de la República Democrática del Congo , la República Centroafricana y Sudán desde principios de siglo en la más absoluta impunidad». Junto a él, decenas de otros grupos armados de toda índole y las propias Fuerzas Armadas del Congo usan la violación como arma de guerra. Con 45.000 violaciones al año declaradas ―la mayoría no se declaran, pues la mujer, en vez de ser amparada, queda estigmatizada por su propia sociedad― y 30.000 menores convertidos en soldados y esclavas sexuales, el Congo se ahoga en sangre y lamento.

¿Se imaginan la reacción de nuestras instituciones, de nuestros medios de comunicación, de nuestra sociedad civil si existiese en nuestras montañas un grupo armado que en medio de la noche, cada día, fuera asolando y violando, sin distinción de edad y de sexo, los distintos pueblos de una comarca cualquiera, con el ritmo de una rutina enloquecida? No habría descanso hasta acabar con esa locura. ¿Por qué entonces esa impunidad en el Congo? ¿Qué pasa en África y qué tiene que ver eso con nosotros?

 

Las alas de la mariposa tecnológica

Atemos cabos. Traslademos la escena de la selva centroafricana a la selva urbana de la Puerta del Sol, cientos de adolescentes, mujeres y hombres de todas las edades se exponen a los benéficos rayos de la primavera mientras cotejan en sus Ipad, smartphones u ordenadores portátiles las últimas novedades y prestidigitaciones que nuestra flamante cultura tecnológica nos proporciona. Todos esos aparatos de uso doméstico, y otros no tan domésticos como los cohetes espaciales y los misiles teledirigidos, necesitan un superconductor llamado coltan, un mineral por el que se paga 1.000 dólares el kilo, un negocio multimillonario que tiene a varias multinacionales europeas, americanas y chinas vigilando con todo tipo de artimañas que el 80% de las reservas mundiales, que están en una estrecha franja de 100 kilómetros en el Congo, haciendo frontera con Uganda, Republica Centroafricana, Burundi y Rwanda, salpique sus cuentas de resultados.

A río revuelto ganancias de pescadores, y el río Congo se revuelve en el horror, como cuando Joseph Conrad relataba en El corazón de las tinieblas los antecedentes históricos de este nuevo horror neocolonialista a punta de mercado financiero global.

Si el vuelo de una simple mariposa puede ser determinante para que se provoque al otro lado del planeta un huracán en las costas de Estados Unidos, no podemos seguir negando que el tejido de la vida está inextricablemente unido, una misma urdimbre permite que distintas tramas se manifiesten en tiempos y espacios diferentes, pero la urdimbre es la misma, es lo que somos, y lo que hacemos con lo que somos es la trama vital de cada uno de nosotros.

Hay una relación directa entre la cultura tecnológica en la que vive una parte privilegiada del planeta y los conflictos de guerra, violencia y pobreza en que vive la mayor parte del mundo; por eso en este «Al descubierto» pretendemos, modestamente, una vez más, concienciar sobre otro de los problemas que nuestra cultura moderna occidental, identificada con un progreso técnico indefinido, está generando en el resto de culturas que no viven bajo la sombra de ese prejuicio de progresión infinita.

Somos concientes de que al decir esto tocamos un tema muy delicado y que es difícil resumir en un breve reportaje: los pros y los contras de los avances continuos de la tecnología y su progreso asociado; explicar el precio que paga el planeta y todos sus habitantes humanos y no-humanos que están imbricados por igual por un cordón a la vida que genera la tierra, pues como decía John Gray: «Cuestionar la idea de progreso a principios del siglo XXI es un poco como poner en duda la existencia de la Divinidad en la época victoriana. La reacción común es de incredulidad, seguida de enfado, y después de pánico moral. No es tanto que la creencia en el progreso sea inquebrantable como que nos aterra perderla». Pero creemos que debemos sumarnos a las voces de quienes, en número creciente, señalan que cuando se rebasan ciertos límites de lo que la técnica puede aportar al hombre para su desarrollo físico y espiritual, y se confunden los medios y los fines, el hombre queda subyugado por las máquinas que crea en una progresión infinita, en vez de alcanzar la libertad y autonomía que prometían. Como decía Jacques Ellul: «El hombre es un ser constituido por una gran diversidad de dimensiones (poética, simbólica, religiosa, técnica, etc.) pero la tecnología ha borrado todas las demás, para centrarse en la potencia y en la eficacia. Encerrado en este mundo artificial, no puede traspasar el muro de la técnica para encontrar su hábitat natural, su lugar de reposo vital».

En la película Tiempos modernos, de Chaplin, pudimos ver desde la barrera de la sonrisa el embrutecimiento del hombre a manos de las primeras máquinas; en la actualidad, la informática, las nuevas tecnologías, han dado ligereza a la máquina, pero ha forzado un apresuramiento que devora el tiempo de los hombres, a la par que devora minerales robados a las tierras y a sus legítimos guardianes. Doble conflicto, doble violencia; por un lado, el alma ha quedado cableada o doblegada, sin que ni siquiera lo notemos, a una megamáquina en la que delegamos cada vez más parcelas de la realidad y, por otro, ha vendido esa alma, que antes se nutría de una multiplicidad de niveles para acceder al conocimiento de la vida y el existir, por una tecnología que necesita del conflicto armado para ser rentable.

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