Tener o ser

Hablar de la crisis medioambiental que se cierne sobre la humanidad, de sus posibles causas y soluciones, es de una complejidad inabarcable. Somos ya millones de personas las que hemos adquirido conciencia de la situación y dedicamos todos nuestros esfuerzos a dilucidar cómo hacer frente a la misma. Sin embargo, no logramos llegar a un consenso sobre cuál sería la fórmula mágica que hiciera viables nuestra supervivencia y bienestar a largo plazo. Dado el actual ritmo de crecimiento demográfico y nuestras aspiraciones a obtener un “desarrollo” accesible a todos, la cuadratura del círculo se torna quimérica, y más aún si aquellos dedicados a tratar de sacarnos del embrollo no aciertan a hacer un análisis certero de las verdaderas causas ni a plantear soluciones eficaces a esta histórica disyuntiva.
En parte esto se debe a que tendemos a analizar los síntomas periféricos tratando de darles remedios urgentes e inmediatos, en lugar de ahondar en el fondo de la causa que los genera. También es cierto que para el propio afectado – la humanidad - es de suma dificultad ganar la suficiente distancia sobre el problema como para poder desarrollar una mirada objetiva que permita ver el bosque más allá de los árboles. Lo indiscutible es que todos debemos hacer un esfuerzo mayor y más efectivo que el actual si pretendemos devolver a nuestros descendientes la misma Tierra que ellos nos prestaron.
En este número de AgendaViva recogemos testimonios de personas cuyas miradas abarcan el bosque y cuyas reflexiones dejan entrever las principales causas que generan la enfermedad y sus múltiples síntomas. De forma sucinta podríamos alcanzar varias conclusiones. Entre ellas, que la humanidad se encuentra en plena pubertad. Como un joven de 19 años, se cree omnipotente, y aún siendo consciente de que el crecimiento económico y energético exponencial e ilimitado en el que está inmerso es un espejismo sin visos de futuro, continúa cegado, aumentando la velocidad de la moto que le lleva al precipicio. Por otro lado, desoye los avisos de una madre sabia y experimentada – la naturaleza -, desechándolos con incredulidad. Incluso las herramientas y enseñanzas que le fueron otorgadas en su infancia, representadas por la sabiduría de culturas en todo el mundo que aún viven despiertas y en comunión con la madre Tierra, son despreciadas. Sin embargo no se trata de volver a ser niños, sino de pasar la ineludible etapa de la pubertad sacando provecho de las lecciones aprendidas y adentrarnos en la madurez, sanos y salvos.
Para lograrlo es necesario un salto cualitativo que entraña un profundo cambio de actitud, abordando con ello la causa, en esencia, de los desequilibrios que ahora asolan a la Vida. Perversamente nos han hecho creer que este cambio comportará fundamentalmente sacrificios y recortes en nuestro bienestar, pero lo cierto es que puede significar más bien todo lo contrario. El sistema socioeconómico actual nos mantiene como a drogadictos aterrorizados ante la posible retirada de nuestra dosis. Innegablemente, el proceso puede significar todo un reto, pero implica la obtención de la libertad y la justicia. Implica la autosuficiencia a escala local y el reforzamiento del conjunto de la diversidad, respetando la autonomía de cada núcleo. Una sociedad global más madura será un reflejo de la naturaleza y no de una máquina. Pasaremos de ser piezas sin autonomía del engranaje de una maquinaria gobernada por unos pocos a ser como los seres vivos que componen un ecosistema. Libres e interdependientes, entrelazados en un todo inabarcable que refleje nuestra verdadera esencia, rebosantes de creatividad e ingenio en un amplio abanico de diversidad.
Si logramos alcanzar la madurez, el consumismo no será el becerro de oro de la actualidad, el que nos ciega deslumbrándonos con su brillo. Recobraremos nuestra innata capacidad de elección y criterio alcanzando un estilo de vida mejor, con más armonía, con más tiempo y religando nuestra existencia al universo. Una etapa en la que tener no nuble nuestros sentidos vaciándonos de la posibilidad de ser.
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