Agenda Viva. Verano 2007
Entrevistas

Jorge Reichmann

“La salvación a través de la tecnología es una de las más peligrosas ilusiones con que se adormece nuestra sociedad.”

En Jorge Reichmann encontramos un claro exponente de la ecuación que pretende formular esta sección, es decir de la unión y diálogo entre ciencia, naturaleza y cultura. En este sentido, nuestro invitado conjuga este tríptico en una perfecta simbiosis; es licenciado en Matemáticas, profesor de Filosofía Moral de la Universidad de Barcelona, doctor en Ciencias Políticas, poeta, traductor de literatos alemanes, militante ecologista y filósofo preocupado por la crisis medioambiental. En esta entrevista nos propone un recetario profundo y meditado para afrontar los desafíos de nuestro castigado planeta, ideas que se asientan en un trabajo metódico que ha ido desgranando en numerosos libros. Pero sus ideas buscan, además, entre la piel de la Tierra y los surcos del pensamiento, un sentir y un compromiso gozoso con el planeta, para Reichmann lo único real. No le vale posponer compromisos, ni viajes imaginarios a otras biosferas o mediaciones fuera de lo percibido y lo vivido.

 

ECONOMÍA Y ECOLOGÍA

 

Hay una coincidencia de orden lingüístico entre las palabras economía y ecología, participan de la misma raíz, eco. Pero, a pesar de compartir un territorio de entendimiento común, parece que vivimos en la actualidad una oposición muy marcada entre estos dos conceptos ¿Cómo lo ves tú?

Sí, así es. Se ha señalado muchas veces esa raíz común en el oikos: sobre todo lo han hecho los economistas ecológicos, esa minoría dentro de la profesión económica que –al contrario de la corriente mayoritaria– sí que emprendieron hace algunos decenios la necesaria revisión radical de los supuestos de su disciplina. El vocablo griego oikos remite al cuidado de la casa común, que debería ser terreno común entre economía y ecología: cuidado de la casa de puertas adentro, y también de puertas afuera. Cuidado de lo que queda intramuros (la ciudad humana) y lo que queda extramuros (la gran casa biosférica), sin duda.

Es una enorme desgracia, visto retrospectivamente, que la evolución de la corriente mayoritaria de la economía, a partir de la llamada revolución marginalista, ya a finales del XIX, con la constitución de ese cuerpo de doctrina socioeconómica luego radicalizado en el neoliberalismo/ neoconservadurismo de los últimos años, esté vuelto completamente de espaldas a la naturaleza. Algunos economistas “revisionistas” hace decenios ya que emprendieron una reformulación radical para abrirse a los nuevos desafíos, considerando los sistemas socioeconómicos como subsistemas dentro la biosfera, en cuyo seno tienen que incardinarse mejor. Impresiona releer hoy textos como los del institucionalista Karl William Kapp, un economista alemán que se exilió y trabajó en EE.UU., que en los años cincuenta del siglo XX publica la primera edición de Los costes sociales de la empresa privada (edición española reciente en Libros de la Catarata). Hace más de medio siglo, Kapp escribía en ese libro sobre la capacidad destructiva del capitalismo en el ámbito socioecológico y sobre sostenibilidad: no lo hacía con el lenguaje que utilizamos actualmente, pero sí con enorme lucidez sobre estas cuestiones que a muchos les parecen ahora “nuevas”. Hay toda una serie de precursores –entre ellos, de forma muy especial, Nicholas Georgescu-Roegen– que han sido ignorados, minusvalorados, silenciados por el grueso de esa economía neoliberal tan desastrosa, creo, tanto en el plano teórico como en el de las políticas prácticas que se derivan de ella.  En nuestro país, José Manuel Naredo y Joan Martínez Alier representan con brillantez esa corriente de pensamiento.

¿Se podría afirmar que las economías tradicionales, sobre todo en el ámbito de lo rural, eran economías con un principio de relación con los ecosistemas bastante lúcido y en línea con los postulados de esta economía de la que hablas?

Sí, de manera general así es. Es cierto que no todas las economías tradicionales han sido sostenibles, hay ejemplos históricos de catástrofes ecológicas locales o regionales por una incorrecta gestión del territorio y los ecosistemas (un buen libro reciente al respecto es Colapso de Jared Diamond). Pero ha habido una infinidad de sociedades y culturas que se las han arreglado para vivir de manera sostenible, o al menos mucho más sostenible que las sociedades industrializadas modernas, que hoy corren el riesgo de provocar un colapso de alcance mundial.

No obstante, ¿qué es lo que cambia? En un proceso histórico donde el hombre “entiende” ese nexo entre economía y ecosistema se va dibujando un divorcio… ¿Ha cambiado la economía o cambia la filosofía y la percepción que tiene el hombre del entorno?

Bueno… Esa pregunta es complicada. Normalmente, en las grandes transformaciones históricas, lo que van cambiando son varios planos que están interrelacionados (mentalidades, instituciones, infraestructuras, etc). Así, hay gente que para explicar la crisis ecológica se retrotrae, por ejemplo, hasta la visión de la naturaleza del cristianismo; otros analistas interpretan que lo decisivo sería más bien el cambio de cosmovisión que se produce en el tránsito del Medioevo al Renacimiento, con el surgimiento de la ciencia moderna y una concepción cada vez más instrumental de la naturaleza… Yo, para empezar, tiendo a dejar metodológicamente de lado toda esa dimensión de cambios culturales, siendo bien consciente de la importancia que tienen, y me centro más bien en esa dimensión básica de los intercambios de materia y energía con los ecosistemas. Desde esa óptica “materialista” que sin duda es limitada, pero que arroja una luz interesante, uno tiende a pensar que las transformaciones más significativas se dan en el tránsito –a mediados del siglo XX– desde la primera sociedad industrial a las sociedades del capitalismo llamado fordista. A partir de ahí, la configuración que adoptan esas sociedades es ya claramente insostenible. Hay gente –como James Lovelock o Ernest García– que piensa, en relación con nuestros debates sobre sostenibilidad, que el desarrollo sostenible hubiera sido una idea estupenda para ponerla en práctica hace 30 ó 40 años, pero que ahora es demasiado tarde, y lo que toca es organizar una especie de “retirada sostenible”.

Cuando se leen tus libros y de otros autores que están reflexionando en términos ecológicos con respecto a la economía, lo que se ve es que aunque la táctica es económica, la estrategia de fondo finalmente es filosófica. Es decir, o se plantea un cambio profundo de planteamientos, o esto efectivamente no tiene solución.

Sin duda. Los seres humanos existimos en un montón de planos interrelacionados: la transformación hacia la sostenibilidad que hoy precisamos exige cambios de gran calado en la cultura, los valores y las mentalidades.

 

TECNOLOGÍA Y NATURALEZA

Hay una idea en la sociedad, una idea un tanto pasiva, de que la crisis medioambiental en la que estamos sumidos, la va a salvar la tecnología. Y en las empresas, que la crisis medio ambiental la va a solucionar la economía con esa nueva “herramienta” que se llama desarrollo sostenible.

Creo que la salvación a través de la tecnología es una de las más peligrosas ilusiones con que se adormece nuestra sociedad. Quizá la peor, porque siendo cierto que necesitamos grandes cambios –también tecnológicos– para poder salir del atolladero donde estamos, si algo han mostrado –para todo aquel que no esté ciego– los intentos de política ambiental que han hecho las sociedades industriales avanzadas a partir de los años setenta del siglo XX, es justamente la insuficiencia de ese enfoque. Propongo en mi reciente libro Biomímesis un análisis que identifica cuatro grandes factores de insostenibilidad, y sugiero cuatro principios que servirían para hacer frente a esos factores problemáticos. Los llamo el problema de escala, el problema de diseño, el problema de eficiencia y el problema faústico (o el problema del aprendiz de brujo). A los cuales corresponden el principio de autocontención, el principio de biomímesis, el principio de ecoeficiencia y el principio de precaución. Nos hacen falta estos principios, trabajar en estas cuatro dimensiones, para poder hacer frente de verdad a la crisis ecológico-social; y sin embargo tenemos una sociedad muy miope que lo único que reconoce –más o menos– son las cuestiones de eficiencia y de cambio tecnológico, pero olvida el factor más decisivo, que es la cuestión de la autocontención, de la autolimitación. La autolimitación tiene que ver con cómo nos gobernamos a nosotros mismos (autonomía), con nuestro mundo de significados, valores, percepciones, interpretaciones; tiene que ver con cambios culturales y no con cambios tecnológicos, y ésa es realmente la dimensión decisiva y donde nos lo jugamos todo.

¿Puedes explicarnos a grandes rasgos en qué consiste la biomímesis?

Etimológicamente esta noción remite a la “imitación de la vida”. La idea esencial sería: si tenemos, como lo tenemos, un grave problema de mala inserción de las sociedades humanas en la biosfera (mal encaje de los sistemas socioeconómicos humanos dentro de la biosfera) y de choque entre esos sistemas humanos y los sistemas naturales, entonces, teniendo en cuenta que lo que no podemos hacer es cambiar de biosfera por más ilusiones al respecto que nos hagamos (pues no vamos a conquistar otros planetas y hacerlos habitables para irnos a vivir en ellos; sobre eso también he escrito en mi libro Gente que no quiere viajar a Marte), parece de sentido común que la manera más sensata de intentar remediar eso será cambiar esos sistemas socioeconómicos humanos que encajan tan mal en la biosfera. ¿Cómo hacerlo? La propuesta es: fijémonos en cuáles son los principios básicos de funcionamiento de los ecosistemas, observemos con qué energía funcionan los ecosistemas, cómo se cierran los ciclos de materiales dentro de los ecosistemas, qué sucede con el trasporte o con la diversidad biológica dentro de los ecosistemas, e intentemos extraer de ahí principios a partir de los cuales podamos reconstruir los sistemas humanos de manera que sean más compatibles con los sistemas naturales. Si nos fijamos en que en la biosfera prácticamente todo se mueve gracias a la energía solar, entonces tenemos una buena razón para pensar que sociedades humanas que se muevan también gracias a la energía solar serán sostenibles como no lo son las sociedades industriales actuales... Esa idea básica puede desarrollarse en una serie de criterios biomiméticos que yo creo que servirían como base para sociedades sostenibles.

Parece que el hombre, sistemáticamente, se ha ido distanciando de su entorno. ¿No detectas en la cultura, dentro del pensamiento occidental, un menosprecio, una falta de interés por la naturaleza como tema, extensible también a la pintura, la poesía, la literatura...?

Me parece que un problema cultural muy grave entre los que padecemos es esa separación creciente con respecto a lo natural, y las ilusiones que se derivan de ella. Una parte de las ilusiones de omnipotencia tecnológica creo que tienen su raíz ahí. Sin encontrar vías nuevas de aproximación, por ejemplo, entre lo urbano y lo rural, es muy difícil pensar en formas de vidas sostenibles, en sociedades complejas sostenibles. Las grandes ciudades tal y como existen son un desastre, dicho así, de forma perentoria: pero la ciudad también es un gran invento para la sociabilidad humana... Nos hace falta una ciudad diferente y, en buena medida, eso quiere decir una ciudad más natural, mucho más penetrada de naturaleza de lo que es el caso hoy.

¿SOLUCIONES?

¿Has leído el último libro de Lovelock? Con el tema del diseño urbano, él es partidario de superconcentraciones de población. Plantea crear zonas distantes y separadas de asentamientos y de naturaleza; en el tema de los recursos energéticos propone la energía nuclear; y en materia de recursos alimenticios la abolición de la agricultura y ganadería extensiva y ecológica… ¿Cómo ves tú este análisis?

Exigiría una reflexión más detallada de lo que podemos ofrecer ahora. Comparto muchas cosas de sus análisis, pero no las “soluciones” que Lovelock propone. La cuestión es que él lo da ya todo por perdido: da por perdida la batalla para hacer frente a esta crisis ecológico-social. Lovelock es uno de quienes piensan que el desarrollo sostenible hubiera sido una buena idea para ponerla en práctica hace 4 o 5 decenios, pero que ahora ya es inevitable una catástrofe de dimensiones enormes. Si has leído el libro ya lo sabes: él piensa que de aquí a pocos decenios la humanidad será diezmada por la catástrofe climática, y sólo quedará un resto de humanidad viviendo en condiciones bastante lamentables en unas pocas zonas todavía habitables del planeta, alrededor del Círculo Polar Ártico. En esas condiciones, tras haber perdido la batalla y plantearse sólo una supervivencia en malas condiciones, Lovelock propone extremar esos rasgos prometeicos de la tecnociencia. Yo no creo que todo esté perdido hasta ese extremo.  No es imposible que suceda lo que él teme, es decir, que nos metamos en esas etapas de calentamiento climático rápido y descontrolado que serían devastadoras, pero hoy por hoy tampoco lo sabemos: eso puede suceder o puede no suceder. Si fuéramos capaces de yugular con relativa rapidez las emisiones de CO2 y emprender otro tipo de cambios, quizá lo peor de ese calentamiento climático podría evitarse. Entonces serían posibles también otras transformaciones ecológico-sociales mucho más en esa línea biomimética que evoco en mis libros, y que tienden hacia una sociedad más penetrada de naturaleza.

Hay algunos científicos que plantean que la ganadería extensiva o ecológica son un problema. Primero porque es ineficiente y además por la cantidad de metano que generan con sus excrementos, cuando el metano es un elemento muy dinamizador del efecto invernadero.

He dedicado un libro entero a esas cuestiones, titulado Cuidar la T(t)ierra, porque se trata de un asunto central: al fin y al cabo podemos prescindir de muchas cosas, pero de alimento no vamos a poder prescindir en ninguno de esos escenarios futuros. Y por lo demás cualquier sociedad sostenible dependerá en mayor grado que hoy de los recursos renovables, de los frutos de la tierra.

Creo que no tienen razón ni las críticas que achacan ineficiencia a la agricultura y ganadería ecológicas, ni tampoco las referidas al metano: las emisiones importantes de metano se asocian con una cabaña ganadera intensiva e industrial sobredimensionada, no con la pequeña parte de ganadería ecológica que hoy está en marcha.

La tierra fértil es un recurso básico. Al agro le estamos pidiendo hoy mucho y en realidad le vamos a tener que pedir más aún, si tenemos alguna opción de avanzar hacia sociedades sostenibles: porque –como decía antes– esas sociedades sostenibles, si de veras lo son, dependerán más de recursos renovables de lo que es el caso ahora, en civilizaciones industriales “mineras”. Ya hoy existe una tensión importante que se está poniendo de manifiesto con las propuestas de desarrollar mucho los agrocombustibles, lo que puede amenazar los usos alimentarios de la tierra. Por ejemplo, el maíz se puede emplear –y es una idea desastrosa– para producir etanol para los automóviles; pero se puede emplear también para hacer plástico –ahí tengo un bolígrafo hecho con polímero de maíz–. Si empleamos mucho maíz para hacer bioplásticos o biocombustibles puede que no dispongamos de suficiente maíz para comer...

Estamos empleando ya una cantidad excesiva de maíz y soja en alimentar una cabaña ganadera sobredimensionada: la dieta cárnica y el consumo de pescado actual es insostenible. La dimensión de autolimitación ha de afectarnos incluso en esos niveles tan básicos que son lo que comemos y dejamos de comer; no puede uno pensar en un mundo sostenible sin dietas mucho más vegetarianas de las que hoy prevalecen. No se puede pensar en alimentar a la enorme población humana actual con agricultura ecológica, y a la vez con una dieta tan rica en carne,  y a la vez estar empleando también muchos recursos de la tierra para usos no alimentarios... Todo eso a la vez no.

Dices en un poema: “que lo que muere ame a lo que muere: no te dé miedo acariciar la rosa”. Nos invitas como lectores a ser generosos con toda proximidad. ¿Necesitamos en nuestro mundo un sentido más profundo de lo próximo, para sobrellevar nuestra relación con la tierra?

Yo diría que sí. Esa dimensión de proximidad es muy importante, de nuevo,  para cualquier idea seria de sostenibilidad. Si uno analiza dimensiones básicas de la experiencia y la existencia humanas, como son el espacio y el tiempo, con este tipo de problemas en la cabeza, entonces encontrará que no podemos pensar en sociedades sostenibles que no sean sociedades mucho más recentradas sobre su territorio y mucho más amigas de lo cercano. Por otra parte, si no somos capaces de una cierta ralentización, de poner, por tanto, en tela de juicio esa insostenible rapidez que nos caracteriza, tampoco vamos a solucionar los problemas de nuestra sociedad.

Hay un conflicto entre la temporalidad de la naturaleza y la temporalidad tal como la entendemos en el mundo urbanizado e industrializado y eso tiene consecuencias lamentables; supongo que hace falta un cambio de paradigma en muchas categorías.

Todos tenemos una visión del mundo, una cosmovisión, más o menos elaborada y reflexiva. Normalmente no muy reflexiva: la mayor parte de esa visión del mundo es material de acarreo que recibimos y que elaboramos relativamente poco, pero que tiene una importancia grande en nuestra conducta y en nuestra forma de vivir. Subestimamos las dimensiones “automáticas” de la conducta humana. El pensamiento crítico y la experiencia estética pueden esclarecer esas dimensiones y ayudarnos así a la transformación necesaria.

 

Bibliografía reciente


Poesía:

  • Ahí te quiero ver (Barcelona 2005).
  • Conversaciones entre alquimistas (Barcelona 2007).

Ensayo sobre poesía:

  • Una morada en el aire (Barcelona, 2003).
  • Resistencia de materiales (Barcelona 2006).

Ensayo sobre cuestiones socioecológicas:

  • Un mundo vulnerable (Madrid 2000, 22005).
  • Cuidar la T(t)ierra (Barcelona 2003).
  • Todos los animales somos hermanos (Granada 2003, Madrid 22005).
  • Gente que no quiere viajar a Marte (Madrid 2004).
  • Transgénicos: el haz y el envés (Madrid 2004).
  • Biomímesis (Madrid 2006).
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