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Agustín Carrillo

AgendaViva.Invierno 2011
Entrevistas

Montse Escutia, Ingeniera agrónoma

Imagen Montse Escutia«El huerto es una herramienta de poder insospechada. Que la gente sea responsable de su propia alimentación y que sea capaz de producir una parte de sus alimentos es algo revolucionario.»

Montse Escutia es una mujer con un discurso difícil de rebatir. Hace gala de un sentido común poco habitual, sostenido por una sensibilidad extraordinaria y por una formación como ingeniera agrónoma que le permite hablar con soltura y conocimiento de causa. Pero quizá su verdadera escuela haya sido la experiencia: experiencia como madre, como coordinadora del Comité de Selección de Biocultura (la feria más importante y decana de agricultura ecológica que existe en España), como escritora de un libro sobre los huertos escolares ecológicos, como política. Montse es amable, simpática y convincente. Aquí dejamos sus reflexiones y esperamos que, con ellas, los lectores puedan abrir un poco más su conciencia a estos temas de tanta transcendencia que sue-len pasar inadvertidos en el día a día de una sociedad que vive sumida en un estrés ce-gador y que no permite ver más allá de lo que nos venden los medios de comunicación.

- En su formación como ingeniera agrónoma, ¿vio usted reflejadas sus inquietudes ecológicas en el estudio de su carrera?, ¿en qué momento y por qué se decidió por lo ecológico?

Yo estudié a finales de los años ochenta y principios de los noventa, y lo cierto es que lo que nos enseñaban era pura agricultura química. Había una sola asignatura de química agraria en la que te enseñaban que si tienes un problema, una plaga, la solución son los pesticidas. Si necesitas abonar las plantas, entonces la solución es el abono químico. En aquella época nos empezaron a hablar de los transgénicos, pero como una cosa muy de vanguardia y experimental. La agricultura ecológica era algo que nunca se mencionó. Era la época en que se empezaba a hablar de los problemas de los nitratos y de la contaminación de aguas freáticas por el uso de nitratos.
Mi primer encuentro con la agricultura ecológica fue casual. En la escuela donde estudiaba, en Mérida, encontré un folleto sobre un curso de agricultura ecológica que hacía VidaSana. Además yo era suscriptora de la revista Integral, y podría decir que desde pequeña me enseñaron a tratar la tierra con respeto. Así que poco a poco me di cuenta de que había otra manera de producir, más acorde con mis inquietudes.

- ¿De dónde le viene esa inquietud?

La verdad es que estuve durante muchos años pensando en estudiar biología. Cuando era pequeña me encantaban los animales. Primero quería ser veterinaria, pero me di cuenta de que lo de la sangre no iba conmigo; luego pensé en biología, desde el punto de vista de la etología. Me leía todos los libros de etología que caían en mis manos. Pero lo cierto es que la tierra siempre me ha tirado mucho. Pensé que a través de una ingeniería agrónoma, aprendería a cultivar las plantas y a trabajar con gente que trabajaba la tierra.

Creo que desde pequeña siempre he tenido esta sensibilidad: el respeto por los animales, por las plantas...; siempre me ha gustado mucho el campo. Mi padre era excursionista y recuerdo las salidas al campo a buscar setas y espárragos, y cómo me in-culcó ese respeto a la naturaleza. Por eso creo que ya me viene desde pequeña.

- ¿Qué es para usted la Tierra?

Para mí la Tierra es el lugar donde vivimos, es nuestra casa, pero con la que debemos tener una relación de respeto, reconociendo que funciona como un todo. Yo creo que la Tierra es un organismo que tiene una sensibilidad que desconocemos o que muchas personas no saben apreciar, que sufre por todas las agresiones que experimenta y que si queremos vivir en ella tenemos que respetarla. Y a mí me cuesta mucho creer que la es-pecie humana sea algo especial para la Tierra. Yo creo que ella nos permite estar aquí pero que en el momento en que la molestemos demasiado o no pueda con nosotros va a decir: «Pues adiós, vosotros os lo habéis buscado».

- ¿Y la tierra como sustrato?

Cuando veo un trozo de tierra veo casi el estómago de las plantas. De hecho, en agricultura ecológica decimos que la planta es el fruto de la tierra y la tierra produce en función de cómo esté: de su nivel de microorganismos, de la vida que alberga, de su capacidad de producir. A mí la tierra me genera un profundo respeto y me cuesta mucho percibirla como un mero soporte inanimado. Me chirría la visión convencional que tiende a mani-pular las características de la tierra en función de lo que uno quiera sacar de ella. Por ejemplo: «Si tengo que cultivar una planta que necesita un determinado ph, cambiaré el ph». No, no es eso, yo tengo que respetar esa tierra, sus características, su ph, su estructura, su textura, y adaptar las plantas a la tierra en que voy a ponerlas y no al revés.

En realidad lo más cuerdo, respetuoso y sensato sería estudiar qué suelo tenemos, y en función del suelo que tenemos decidir qué plantas vamos a poner, y trabajar conjuntamente con ese suelo para mejorarlo. La tierra es como un banco y, en ese sentido, hay que reponer lo que se saca de él y, si es posible, incluso invertir para cultivar riqueza. Si no tenemos suelo, no producimos, y si no producimos no vamos a poder comer. Y ahí está nuestro capital, el capital que hemos heredado de nuestros antepasados y el capital que vamos a tener que dejar a nuestros hijos. Y es un drama importante porque nos hemos pulido el capital con la agricultura química. Lo que hacen los abonos químicos es destruir toda la estructura del suelo y liberar la estructura que es base de todos los suelos y con ello la materia orgánica acumulada.

Los productos químicos abren las puertas de esos almacenes, y todas las reservas que había allí, todos los nutrientes, salen. Por un lado, contaminan, porque hay un exceso; y, por otro, se pierde lo que no puede absorber la planta. Por eso hubo esos niveles de producción al principio de la agricultura química. Al abrir las puertas del banco las primeras plantas se beneficiaron de esa liberación, pero eso se está acabando y es una lástima porque ahora nuestros suelos se están agotando con la agricultura química. Tenemos que volver a cerrar esas puertas de los bancos y volver a poner capital, ir aportando materia orgánica para mantener la fertilidad de los suelos, que es una herencia que hemos recibido de nuestros antepasados.
 

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