Vicente Haya - Nipólogo y estudioso del haiku

"El haiku nos muestra la naturaleza tal cual es... Se trata de mostrar la naturaleza, no de explicarla"
Haya, doctor en Filosofía, es nipólogo y se dedica al estudio y traducción de la poesía japonesa. Entre otras obras suyas sobre la tradición del haiku, el lector puede buscar: El corazón del haiku (Mandala, Madrid, 2002), Saborear el agua (Hiperión, Madrid, 2004); El monje desnudo (Miraguano, Madrid, 2006); Haiku-dô (Kairós, Barcelona, 2007). Otra faceta de su trabajo son sus estudios sobre el mundo del Islam, materia sobre la que ha publicado: El secreto de Muhammad (Kairós, Barcelona, 2006); Islam para ateos (Palmart, Valencia, 2004); 99 preguntas básicas sobre el Islam (Junta Islámica, Córdoba, 2006), entre otros títulos.
El haiku, en palabras de Vicente Haya, es “atención plena al mundo que nos rodea”. Por eso y por otros motivos es un arte poético que se nos ofrece como una vía y una exploración de la existencia. Vicente Haya nos propone en esta entrevista un acercamiento a esta tradición profunda y sutil. Nos ofrece su experiencia de más de una década de estudio de estos textos que, cómo él nos indica en su obra Haiku-dô, “es un modo extraordinario de entrar en la realidad”.
¿Qué nos puede enseñar el haiku de la naturaleza?
El haiku nos muestra la naturaleza tal cual es. El poeta de haiku, para serlo, debe haber desaparecido de la escena. Incluso la percepción aparentemente más objetiva de lo exterior puede estar alterada por la subjetividad. Estamos ante algo que nos parece asombroso y elegimos entre los infinitos elementos que tenemos delante cuáles son los responsables de nuestro aware (conmoción). Como quiera que un haiku no admite más que diecisiete sílabas, es difícil que entren más de cuatro de esos elementos responsables de nuestro asombro (pueden llegar hasta seis sin que el haiku se rompa internamente). En la selección que hacemos está nuestro “yo”. Se trata de mostrar la naturaleza no de explicarla.
¿Qué le parece el haiku urbano?
Este subgénero no existe en Japón. Se habla de “haiku contemporáneo” y se presupone que hay dentro de él un espacio posible para todo lo que es actual. He oído a expertos japoneses argumentando que el coche del siglo XX es el carro del XVIII, y que no hay razón para que uno entre en el haiku y otro no... Yo creo que el asunto está en saber si queremos conservar en nuestro mundo los coches, los edificios, los postes eléctricos, el béisbol… El haiku no es sólo lo que plasma un mundo, sino también el mundo que quieres plasmar. No es sólo la realidad que te circunda, sino la realidad que quieres preservar. Y es imposible que te emocione, que tengas aware por algo cuya perpetuación no deseas. El haiku no sólo da fe de tu mundo sino que a veces te obliga a cambiarlo por otro, o a huir de él y buscar otro hábitat donde la experiencia espiritual te sea más viable. No niego que existan “haikus urbanos” de una gran calidad y capacidad de emoción, pero hay que tener cuidado con que no sea un consuelo para gentes con una sensibilidad abotargada, cobardes que temen entregarse a la naturaleza.
Estamos en una época dominada por crisis simultáneas. Parece que el hombre ha ido perdiendo su sentido de las proporciones y de lo esencial, y se enfrenta ahora a una cosecha amarga. Ante tanta confusión, ¿no puede el haiku ser un arte curativo?
Sí, el haiku es un arte curativo porque te libera de la vanidad que a menudo supone la presencia del ser humano en el mundo. Es una curación mediante lo exterior. Para percibir necesitas hacer un silencio en tu mundo de ideas, creencias y valores. El haiku no es responsable de ninguna clase de valores éticos o espirituales. El haiku es responsable de la naturaleza de los seres; no de la cultura.
El haiku por supuesto no da respuestas evidentes, pero cuando uno se instala en sus breves e inmensos textos uno contempla la realidad con otros ojos ¿No necesitamos renovar nuestras preguntas más que buscar respuestas?
El haiku ayuda a “sostener la pregunta”, a no caer en la tentación de responderla. En eso consiste la curación del corazón –de la que hablábamos antes– según la óptica del oriental: en el convencimiento que va adquiriendo de la falta de necesidad que el mundo tiene de nuestras respuestas.
¿Por qué escribir, traducir o leer haikus hoy?
Hoy, como ayer, el ser humano está necesitado de enraizarse en el mundo, de atender a lo que sucede, de registrarlo todo. Somos lo que pretendemos hacerse con cada instante. El haiku es un medio tremendamente efectivo para pulir nuestras inconsistencias, para abrir sitio a lo sagrado en nosotros, para adiestrarnos en la vía.
Hay quienes afirman que no se pueden escribir haikus si no se es japonés…
Sólo un ignorante podría afirmar tal cosa. Nosotros no tenemos menos corazón que los japoneses ni menos necesidad de educarlo. Lo que es cierto es que no se pueden escribir haikus sin saber lo que es el haiku. El haiku es un arte japonés; esto quiere decir que para comprenderlo hay que sumergirse en un modo concreto de sensibilidad. Pero, una vez que nos hemos impregnado de esa forma japonesa de estar en el mundo, es válido todo aquello que en nosotros ha sobrevivido a la experiencia. El haiku evoluciona porque no es un arte de museo, y una de sus posibles evoluciones le vendrá de la mano de los occidentales que hayan llegado a calar hondo en él.
Pero ¿se puede extrapolar la espiritualidad japonesa al mundo occidental?
No se trata de implantar en España la “espiritualidad japonesa”, sino un modo específico de acercarse a lo sagrado, inventado en Japón, cierto, pero no por eso menos universal. Lo sagrado, si es real, no tiene adjetivo. No es “lo sagrado oriental” o “lo sagrado semita”. O es sagrado y entonces es universal, o no es ninguna de las dos cosas, ni sagrado ni universal. He dicho que el haiku es un arte japonés y que hay que sumergirse en la cultura de la que nace, como el flamenco es un arte andaluz y no se puede llegar a sus entrañas si se es ajeno al lugar que da origen a esa sensibilidad. Pero eso no quiere decir que los japoneses tengan el monopolio del acceso a lo sagrado, ni siquiera a través del haiku. Por el contrario, la sociedad japonesa está muy desorientada respecto del valor de su mundo tradicional, al tiempo que nosotros estamos haciendo, cada vez más, un haiku limpio y humilde, como el de Buson.
Usted defiende un concepto de haiku japonés. ¿No son válidas otras formas de acceder a esta manifestación poética?
No. El haiku es lo que es. El haiku no es senryû, no es zappai. A veces en Occidente se habla de haiku cuando de lo que se debería hablar es de alguno de esos otros dos géneros. Sólo hay un camino. Como díría Santôka: Kono michi shika nai. Queremos abrir nuevas vías al haiku antes de saber lo mínimo necesario sobre qué es el haiku. Tenemos prisa y carecemos de cortesía. Así no vamos a ninguna parte.
¿Se puede enseñar a escribir haikus?
Sí. El haiku es una técnica. Y, como todas las técnicas, precisa estudio. Los grandes maestros de haiku pulían sus haikus durante años y comentaban entre ellos cómo perfeccionarlos. El haiku no es instinto, es elaboración. Cuando se trata de escribir haikus, si sólo hay técnica empleada por alguien sin sensibilidad, o por alguien vanidoso, esa carencia se percibe al instante. Lo que no puede la técnica es anticipar estadios espirituales que aún no has logrado. No puedes fingir estar donde no estás por más técnica que tengas. Porque el haiku no engaña. Es transparente. Por eso en el haiku no hay retórica literaria. Para que todo quede más claro.
¿Qué le parece la relación entre el haiku y las artes plásticas como la pintura o la fotografía?
Por decirlo brevemente, el haiku es –como esas otras artes mencionadas– fiel al “espíritu de shasei”, espíritu de observación y “esbozo del natural”; el haiku es percepción fiel e instantánea del instante vivido por el poeta. Pero el hecho de que el haiku no haya desaparecido tras la invención y vulgarización de la fotografía es muy significativo y nos indica que hay alguna función que cumple el haiku pero no el arte de la fotografía. De esto he hablado ya mucho en Haiku-dô (Kairós) y El corazón del haiku (Mandala).
El arte parece que depende enteramente del autor: ésta es la idea que domina nuestra escena cultural; pero el haiku parece que nos dice que esto no es del todo cierto, que sin lector no hay arte. ¿Nos puede explicar la importancia que tiene el acto de la lectura en este arte poético?
El mundo envía un aware, como hemos dicho, una conmoción a una criatura. Ésta conmoción no está completa mientras sólo haya sido sentida por esa criatura; debe ponerse por escrito. El aware obliga al escritor a reflejar lo que ahí ha ocurrido entre el mundo y un corazón humano. Le obliga a escribir y, al mismo tiempo, a ejercer su derecho a hacerlo. Sin aware, el escritor de haiku debe abstenerse de emitir una sola palabra. Porque la palabra humana no es un ruido más de la existencia, o al menos no debería serlo. La palabra humana que se transforma en haiku es la expresión de un silencio profundo y ancestral que es previo y posterior a nuestra existencia como criaturas. Por tanto, el mundo no se contenta con “ser sentido”. Esa sensación se debe comunicar. Si la expresión de esa conmoción llega, luego, muy lejos en la historia de la cultura humana o se pierde nada más ser comunicada a otro, eso ya deja de tener importancia. Son muchas las veces que en Japón alguien me ha comunicado un haiku que acababa de sentir y escribir, y en seguida se han desentendido de él. Recuerdo uno de una mujer que vendía pescado en la plaza de abastos de Kitakyûshû que decía:
El fruto del castaño
parece reventar, mientras el otoño
se hace más profundo
Y… ¿es posible comprender con cierta plenitud un haiku sin participar de una manera fáctica del mundo zen?
Yo diría que incluso es tanto más fácil comprender un haiku cuando menos cerca se esté del zen. El acercamiento del haiku al zen que ideó Suzuki y que sus discípulos han llevado hasta el límite, se basa en la idea de que esta poesía nace de algún tipo de satori, es decir, de la comprensión del verdadero ser de cada uno de los vivientes y existentes más allá de las formas. Pero, en mi opinión, el haiku no es comprensión de ninguna verdad, sino percepción pura de los sentidos —sin pretensiones, sin finalidad aparte del hecho de sentir, sin consecuencias más allá de la mera sensación— que se elabora en forma literaria y que —puesta por escrito— funciona como un “doy fe”. “Doy fe de haber experimentado tal cosa”: eso es un haiku. Es, ante todo, conmoción ante cualquier aspecto de la naturaleza del mundo que se despliega ante los ojos del haijin, como ante los de quien quiera que no esté ciego, sordo y sin sensibilidad, ante ella. El haiku no es un acto de comprensión. Hay un “eso está ahí”, un “eso existe”, y la maravilla que significa para el poeta el sentir que esas cosas existen. El poeta no comprende nada, ni antes ni después ni mientras hace su haiku. El japonés, en general, y el budista en particular, para producir en su lector una comprensión a nivel espiritual, no usa el haiku sino el kôan. Un haiku no es un kôan: no es una invitación a la comprensión del mundo. Un haiku no es un kôan: no está destinado a producirnos el satori [iluminación]. Un haiku no es un kôan: no es una propuesta de abolición del pensamiento discursivo. El haiku es arte, acuarela, fotografía de la realidad, para que no se pierda ninguno de sus pequeños instantes, a decir verdad, para que no nos los perdamos, porque aquí lo único que cuenta somos nosotros. El haiku quiere que atendamos al mundo y no que nos liberemos de la red de apariencias que confunden nuestra mente. Por todo ello, el haiku no es un kôan, no es la palabra cargada de intención de una mente diestra en hacer añicos nuestras quimeras mentales, sino un inocente dedo de niño señalando a las cosas: “¡Mamá, mira!”. El modo de concebir el mundo del poeta que hace haikus y el de un budista zen pertenecen a niveles de comprensión de lo real que distan bastante el uno del otro.
Una vez que se han aprendido todos los procedimientos, todas las técnicas, todas las características, ¿no habría que desnudarse y acceder al haiku desde la inocencia, desde la pureza?
Sí. Efectivamente. Pero ¿cuántos occidentales podrían decir que “han aprendido todos los procedimientos, todas las técnicas, todas las características”? Yo no conozco a ninguno. Ni siquiera Blyth o Seiffert. Hay que leer cientos de miles de haikus para desarrollar el haimi (sabor a haiku). No perdamos de vista que la producción anual se puede elevar a un millón de haikus bastante notables. Es una fertilidad tal que ni siquiera desde Japón y estando familiarizado con la herramienta del japonés se puede abarcar. ¿Quién en Occidente, habiendo leído ciento cincuenta haikus de Bashô o Shiki, doscientos de Buson, trescientos de Issa o Santôka, cien de Ryôkan, y pare usted de contar, puede decir que ya conoce el haiku japonés? Probablemente no se hayan vertido ni siquiera un millar de haikus japoneses al idioma castellano… No; hace falta humildad para estar toda la vida aprendiendo. Nuestros haikus no deben tener otra pretensión que ser la palabra que acompaña a nuestra ignorancia. La palabra de un caminante que no sabe dónde está su meta... Ahí está la fertilidad salvaje del haiku. El haiku es una selva que nunca se termina de recorrer, en extensión, en profundidad… Cuando has acabado la selva de fuera, te queda la selva de dentro. Las reglas del haiku, como las de la selva, son sólo reglas para tu supervivencia. No son límites en el sentido de algo que te aliene, sino límites que te ofrecen una posibilidad.
Háganos, si le parece, de iniciador en este arte entre la escritura y la lectura ¿Nos puede hacer algún comentario de este haiku: En la inmensidad de un cielo / sin sombras ni recovecos / se esconde la alondra?
La versión japonesa de este haiku de Rikuto dice así:
Kuma mo naki
sora ni kakururu
hibari kana
La palabra kuma es el espacio que hay entre luz y sombra, o entre un color y otro. También significa “recodo de un río, lugar recóndito, defecto, ojera”. Kuma es, en todo caso, un lugar que no está claro, que no es limpio, en el que se pueden esconder cosas. Y más allá de los significados básicos, en este caso —además— kuma connota kumo (nube). Hemos traducido Kuma mo naki sora por: “En la inmensidad de un cielo sin sombras ni recovecos”, pero sería admisible que alguien se atreviera a traducir: “En un cielo sin la menor sombra de nubes”. Además del juego de palabras kuma-kumo, comprobamos que hay un juego de ideas: kuma mo naku - kakureru (“no hay lugar donde esconderse” - “se esconde”). De ahí que nuestra traducción hable de “inmensidad” cuando el original no lo hace. Porque se trata de eso: de esconderse en la imposibilidad misma de hacerlo. Ocultarse en la exposición plena. Como hace el principio sagrado que sostiene el mundo y cuya manifestación es el mundo. La manifestación como forma de ocultamiento; la evidencia como estrategia de desaparición.
Poemas haiku:
Una salta,
y en cuanto la oyen,
todas las demás ranas saltan
Wakyu
Lluvia de primavera
Alguien que no escribe
profundamente emocionado
Buson
Desde lo alto del árbol
cayó sin el menor significado
la cáscara de una cigarra
BashÔ
Atrapando luciérnagas,
los dedos del niño
Se han tiznado de verde
Seishi
Rompiendo
ramitas secas,
sin pensar en nada
Den-jo
En el momento
en que la pena llega a su culmen,
alguien parte una rama seca
Seishi
Haber sobrevivido
Rascarse
el cuerpo
Santôka
Andando con sus patitas mojadas,
el gorrión
por la terraza de madera
Shiki
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