Crisis de civilización - Entrevistas a Agustín López Tobajas y Juan Martín Velasco
Agustín López Tobajas
Nació en Zaragoza en 1949. Es traductor especializado en ciencias de las religiones y tradiciones espirituales; creador y director de la revista Axis Mundi (1994-2000), coordina actualmente el Círculo de Estudios Espirituales Comparados. Es autor del Manifiesto contra el Progreso (Olañeta, Palma de Mallorca, 2005).
En mi opinión, la civilización occidental (que no es la civilización, hay que recordarlo) parece estar en situación de crisis espiritual —es decir, integral— desde, al menos, la revolución industrial: arrinconados progresivamente los valores esenciales del ser humano por la obsesión del desarrollismo, la fe en la ciencia, la seducción de la tecnología y, en general, el fundamentalismo del “progreso”, la propia civilización se convierte en crisis. Que ahora la crisis entre en crisis no sería, en principio, una mala noticia, aunque, ciertamente, nos puede meter de lleno en el cataclismo planetario, si no se trata de un mero reajuste que prolongue provisionalmente su andadura.
Idealmente, una situación de crisis podría ser la oportunidad para salir del colosal entramado de ficciones que algunos llaman “la realidad”, acabar con el delirio enloquecido del progreso, renunciar al reino dispersante de lo cuantitativo y lo trivial y retornar a la sencillez de lo esencial. Una oportunidad para volver la mirada al interior, para preocuparse por algo tan escasamente actual como el sentido de la existencia, y tratar de averiguar, más allá de sospechosas evidencias, en qué consiste lo real.
Ahora bien, no todas las crisis hacen posible la regeneración y queda la duda de si, llegados a este punto, las crisis pueden siquiera ser creativas. Cuando es el espíritu el que está en crisis, ¿qué fuerza impulsará un renacimiento? Por descontado, no tengo ni idea de lo que va a ocurrir, pero, antes o después, la civilización occidental perecerá. ¿Vivimos ahora un hito significativo en ese proceso? ¿Podemos razonablemente albergar la esperanza de una renovación? En todo caso, ninguna de las fuerzas que nos han traído hasta aquí ha sido puesta en cuestión. La pasión de la desmesura, el culto a la exterioridad, todas las creencias y supersticiones de la modernidad, siguen tan vigentes ahora como antes de la crisis. La conciencia de la humanidad no se ha modificado de la noche a la mañana. De hecho, nada parece haber cambiado de forma sustancial en el rutinario paisaje de la catástrofe; simplemente, de pronto nos enteramos de que hay índices, cifras, signos fantasmáticos, que, en alguna parte (pero ¿dónde?), se están viniendo abajo. Aparte de las de siempre, ahora nos amenazan también fuerzas impersonales, abstractas, intangibles. A lo que parece, no moriremos reventados por una explosión atómica, atragantados con algún transgénico o asfixiados por un aire irrespirable, sino abatidos por las estadísticas. Yo no sé si esto es o no una “crisis de civilización”, pero uno tiene la sensación de que todo es cada vez más kafkiano, más vago e irreal, como un gigantesco simulacro, una pesadillesca materialización de lo que los hindúes llaman maya. Y ¿de qué tiempos son anuncio estos signos?
Juan Martín Velasco
Doctor en filosofía (Universidad Católica de Lovaina), Catedrático emérito de la Universidad Pontificia de Salamanca. Sacerdote de la diócesis de Madrid. Autor, entre otras obras, de Introducción a la fenomenología de la religión, Trotta, 72006; El malestar religioso de nuestra cultura, San Pablo, 31998; Ser cristiano en una cultura posmoderna, PPC, 32008; Mística y humanismo, PPC, 22008.
Por “crisis de civilización” entiendo el fracaso o el agotamiento del sistema que hacía del progreso científico, los avances técnicos y el crecimiento económico los medios para responder a los retos y realizar los ideales de la humanidad. Durante todo el siglo xx ha venido denunciándose el desfase entre el desarrollo de esos tres pilares de la civilización moderna y la falta de atención a los valores capaces de dar sentido al progreso tecnocientífico, con el consiguiente peligro de que ese progreso unilateral se volviese contra sus promotores.
La crisis “nuclear”, la de la ecología y la de la economía son indicios de lo acertado de esas advertencias. Pero en la crisis actual hay un nivel más profundo. La prometida “transvaloración de todos los valores” está cobrando un sesgo siniestro no previsto por Nietzsche cuando la anunciaba. Hoy, “todos los valores se han convertido en valores bursátiles”. Convertir al individuo en centro de lo real y hacer de lo económico el valor por excelencia tiene esas consecuencias demoledoras que se llaman “el hambre en el mundo”, el escaso valor atribuido a la vida de las personas, la manipulación de la verdad en los discursos políticos y en los medios de comunicación, y esa especie de nihilismo práctico, de insensibilidad para los valores, que ha originado la “muerte del espíritu” (A. Mutis).
No faltan hechos que muestran que no estamos necesariamente abocados a la catástrofe: el paso de una Europa en guerra a la Unión Europea de 27 países; la superación, por más parcial que sea, del colonialismo; la progresiva liberación de colectivos antes oprimidos; la conversión del mundo en aldea global que convierte a los humanos en vecinos de la misma casa común.
Cabe imaginar un futuro mejor para la humanidad. Para progresar hacia él es indispensable que los organismos internacionales, los movimientos sociales, los gobiernos, trabajen juntos para transformar radicalmente el orden económico mundial, reformar los sistemas educativos, apoyar las instituciones de acogida: familias, comunidades, organizaciones juveniles, indispensables para el desarrollo personal de las generaciones jóvenes. Es indispensable, sobre todo, que pongamos como prioridad absoluta de todos los proyectos y programas la instauración de una cultura de la paz, la igualdad, la justicia, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, el diálogo y la colaboración entre todos los países y todas las personas de la tierra. Las espiritualidades y las religiones, además de eliminar los males que sus perversiones pueden desencadenar, tienen una aportación propia: testimoniar la presencia de la trascendencia, mostrar que es posible la esperanza, y hacer presentes las formas alternativas de vida: el amor universal, el perdón, la entrega de sí, la austeridad, la compasión efectiva hacia las victimas y la posibilidad de salvación que se siguen de la realización de sus ideales religiosos.
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