Crisis de civilización - Entrevistas a María Novo y Rafael Argullol Murgadas
María Novo
Titular de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible de la UNED, escritora y artista plástica. Autora de veintidós libros sobre medio ambiente, narrativa y poesía. Directora del Proyecto Ecoarte (ciencia, arte y medio ambiente).
Su email es: mnovo@edu.uned.es
Para más información, visita www.ecoarte.org
Estamos en una crisis civilizatoria que puede caracterizarse, en síntesis, por algunas ideas y prácticas nocivas para la naturaleza y para la humanidad en su conjunto, que son inherentes al modelo moderno del mundo:
En primer lugar, la ignorancia de los límites. En la Modernidad, asistimos al entronizamiento de una poderosa tecnociencia que no ha sabido respetar los límites de la naturaleza, y que ha provocado daños de enorme magnitud en muchos ecosistemas, alteraciones irreversibles en la atmósfera, pérdida de biodiversidad… Pero la tecnociencia no opera en el vacío. Ha sido y es guiada por los intereses de un mercado global ineficaz e injusto que sólo se preocupa de la obtención inmediata de beneficios económicos para unos pocos privilegiados, sin atender a criterios éticos ni a los principios esenciales de distribución de la riqueza. Por ello, creo que no podremos salir de la crisis con el mismo modelo que nos trajo a ella, y que el mercado global, tal y como existe actualmente, es el gran enemigo de la sostenibilidad.
Si algo nos ha conducido a esta situación es la búsqueda de un supuesto crecimiento económico ilimitado. Hay que recordar que la economía es un subsistema del sistema Tierra y que, como este último es cerrado y finito (tiene límites), un subsistema no puede crecer indefinidamente en su interior, a riesgo de comportarse como un cáncer. Debemos aprender de la naturaleza. En el mundo natural, muchos seres vivos, como los animales y las personas, sólo crecemos hasta un punto en el que alcanzamos nuestro tamaño óptimo, pero después dejamos de crecer, para seguir desarrollándonos. Romper con la obsesión del crecimiento no empeorará nuestra calidad de vida sino que nos ayudará a reordenar nuestras prioridades y nuestro consumo.
No podemos seguir obsesionados con el PIB, pues éste no informa sobre los aspectos más importantes del bienestar, que son de orden cualitativo. Es preciso que la sociedad sitúe en el centro de sus objetivos la vida y no el mercado. Necesitamos subordinar nuestras políticas al medio ambiente, a la lucha contra el cambio climático, a las cuestiones de género, al reparto equitativo de la riqueza… Todo eso es lo verdaderamente relevante. Y cuando funciona bien, nuestra calidad ambiental mejora (como sucede con las energías renovables), se puede crear empleo (por ejemplo, reduciendo las horas de trabajo sin reducir los salarios), se atiende a la equidad social (con iniciativas como la renta básica de ciudadanía), etc. Claro que esta reorientación pasa por un cambio de valores y porque los gobiernos y los ciudadanos se pregunten cuánto es suficiente, en lugar de emprender una loca carrera de consumo.
En medio de estas cuestiones se esconden los problemas del espacio y el tiempo. Hemos optado por lo grande, pero lo grande es fácilmente vulnerable, como muestra la actual crisis financiera. Hemos cultivado la aceleración, que imprimimos a todo, al producir, al consumir recursos a más velocidad de la que pueden regenerarse… Ahora necesitamos cambiar: tomar opciones responsables, vivir con otros ritmos, atemperar nuestras supuestas necesidades... Tenemos que aprender a vivir mejor con menos cosas. Mi propuesta es optar por lo lento, lo pequeño y lo próximo, frente a lo acelerado, lo grande y lo lejano. Porque ¿podremos alcanzar un desarrollo verdaderamente sostenible si no son sostenibles nuestras propias vidas?
Rafael Argullol Murgadas
Nació en Barcelona en 1949. Narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra y dirigió el Instituto Universitario de Cultura de dicha Universidad desde el 2002 al 2008. Es autor de veinticinco libros en distintos ámbitos literarios: poesía (Disturbios del conocimiento), novela (La razón del mal, Transeuropa) y ensayo (El fin del mundo como obra de arte, Una filosofía nómada, Escritos ante una guerra, entre otros) dirigiéndose cada vez más hacia una escritura transversal que rompe los géneros literarios (Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, etc.)
Para más información puedes consultar su perfil en la página web de la UPF
Me cuesta realmente dar una respuesta unívoca a la pregunta sobre la existencia o no de una crisis de civilización; en consecuencia, aunque sin querer ser exhaustivo, daré varias:
Primera. La hay, pero esto no es realmente significativo porque toda mi vida he escuchado hablar de crisis por alguna razón o por otra. Incluso en esta última década en la que tanto se hablaba de bienestar, y aun de opulencia, muchos recordaban la crisis de valores en la que nos hallábamos.
Segunda. No la hay, o no la hay todavía, puesto que una auténtica crisis implica una ruptura, una revolución de vastas proporciones y de apariencia bien visible. El ritmo histórico pasa de la sedimentación a la erupción volcánica, y la lava sepulta un mundo al que se considera injusto, por más que pasados los años y enfriada la brasa, pueda resurgir la añoranza.
Tercera. La hay, aunque no desde hace unos meses, como pretenden los políticos, o por causas imprevisibles, como simulan los economistas. La supuesta catástrofe con la que ahora vociferan los medios de comunicación —extrañamente silentes hasta hace poco— no es el fruto de una coyuntura más o menos desfavorable, sino de haber dado rienda suelta a la peor pasión humana, que no es otra que la codicia. Al adorar al Mercado, hemos encumbrado a los codiciosos, quienes, libres de amenaza o de crítica, han arrasado sin contemplaciones. Para hacer frente a la situación deberíamos atrevernos a utilizar determinadas palabras que casi parecen olvidadas: la citada “codicia”, es una; otra es “rapiña”; otra, “usura”; otra, “capitalismo”. Y así tantas otras enterradas por los sacerdotes de la oferta y la demanda.
Cuarta. No la hay con la suficiente profundidad como para acabar con esta autocensura nuestra. Para ser optimistas, en medio de tantos negros augurios, quizá la crisis de civilización podría ser bienvenida si con ella volvemos a pensar libremente, es decir no sólo en términos de lo que los codiciosos consideran la Realidad sino en lo que podría ser el mundo sin tales codiciosos.
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