Agenda Viva. Invierno 2008
Epicentro

Crisis financiera: ¿cuáles son las alternativas?

Presentación

Santiago Álvarez Cantalapiedra, Doctor en Economía Internacional y Desarrollo; director del CIP-Ecosocial

El proceso de una crisis financiera se puede explicar con relativa sencillez debido a que tales crisis ocurren, desgraciadamente, con cierta periodicidad en el funcionamiento del capitalismo, especialmente en el plano internacional, donde el rasgo característico es la inseguridad en las finanzas. Sin embargo, resulta más difícil explicar las causas que subyacen a las manifestaciones de la crisis y formular las alternativas que nos puedan sacar de la situación actual e impedir su reproducción en el futuro. Pero empecemos por la secuencia del proceso de la debacle del sistema financiero.

La vulnerabilidad e inseguridad del sistema financiero es una consecuencia de lo volátil y artificioso que resulta su funcionamiento. Los bancos y las demás instituciones financieras tienen unos activos mucho mayores que su propio capital, de manera que la pérdida de valor de una pequeña parte de sus créditos amenaza su supervivencia. Es lo que ha ocurrido a raíz de la explosión de la burbuja inmobiliaria que, al provocar grandes pérdidas a quienes habían adquirido activos hipotecarios, ha dejado a las instituciones financieras demasiado endeudadas y con poco capital para proporcionar el crédito que la economía precisa para su funcionamiento ordinario. Cuando se producen esas pérdidas, a una institución no le queda más opción que vender otra parte de sus activos para recuperar la liquidez necesaria para mantener su capital y pagar los fondos que adeuda.

Pero el problema adquiere una dimensión global para todo el sistema cuando el fenómeno se generaliza al entrar en escena el deterioro de las expectativas. Al extenderse la inquietud entre las instituciones y los inversores financieros, se incrementa de manera considerable la cantidad de activos que se ponen a la venta, lo que provoca una caída general de sus precios. Esto, a su vez, fuerza a los inversores a vender todavía más activos, conduciendo finalmente a un hundimiento de su valor. La ola de ventas se produce en el mercado de manera mucha más rápida que la oleada inicial de compras, lo que reduce a la postre el crédito disponible de las empresas que actúan en la economía “real”, que, al precisar de la renovación del crédito bancario para financiar sus operaciones, ven comprometida también la continuidad de su actividad no financiera.

El colapso financiero amenaza entonces con ahogar al conjunto de la economía. El deterioro de los indicadores —de producción, de ventas y de consumo— empieza a ser evidente y, desde el punto de vista social, las consecuencias son catastróficas: las restricciones de liquidez y el debilitamiento de la demanda provocan en las empresas ajustes y cierres, y en la sociedad, despidos y paro. El riesgo de llegar a esta situación es lo que obliga a gobiernos y a bancos centrales a intervenir, proporcionando la liquidez necesaria para que los bancos sobrevivan y las empresas mantengan la actividad económica. En este punto las intervenciones públicas son de sobra conocidas y han venido, esta vez, de la mano de nacionalizaciones parciales y temporales de la banca, compra de activos o avales a sus deudas.

Pero la controversia surge al tratar de diagnosticar las causas profundas que desencadenan la crisis financiera y al propugnar las alternativas para su manejo. Hay quien ve en lo que está sucediendo una simple —aunque intensa— crisis crediticia, cuyo foco está bien localizado (las hipotecas basura), y quien interpreta que nos encontramos ante una situación novedosa que va mucho más allá de lo financiero.

Esta última línea de interpretación es la que está resultando más fructífera para hacernos una idea de dónde estamos. Pues no se debe olvidar que la crisis se desarrolla en el contexto de una economía fuertemente globalizada que amplifica y transmite con gran rapidez, a través de la interconexión que proporcionan las nuevas tecnologías, las perturbaciones que surgen de un modelo de capitalismo autorregulado mediante el mercado y donde el capital financiero domina la trayectoria general de la actividad, imponiendo su propia lógica y convirtiendo a los mercados de valores en instituciones clave en el reparto de la renta y la riqueza.

En torno al alcance de las consecuencias, y las exigencias que éstas plantean, surgen también importantes discrepancias que influyen —junto al diagnóstico sobre la naturaleza de la crisis— en el tipo de alternativas que se proponen. Frente a quienes contemplan unos efectos circunscritos básicamente al mundo económico, otros han señalado que la crisis supondrá un giro geopolítico de dimensión histórica que alterará las posiciones y los equilibrios del poder mundial. Y tampoco faltan los que, al divisar una quiebra en el modelo de gobierno y economía hoy imperantes, aboguen por un replanteamiento profundo de las bases de un capitalismo incapaz de generar suficiente bienestar y cohesión social a nivel mundial. Aspectos estos últimos que, unidos a la crisis ecológica y la crisis alimentaria, revelan la magnitud de los desafíos a que debe enfrentarse actualmente la humanidad. En cualquier caso, lo que sí ha hecho la crisis es mostrar la desnudez en que se encuentran los optimistas panglossianos de nuestros días que creían vivir en el mejor de los mundos posibles.

Puntos de vista

Ángel Martínez González-Tablas es catedrático de Economía Internacional y Desarrollo en la Facultad de Ciencias Económicas de la UCM, diplomado en Business Administration  por el INSEAD, fundador y presidente del Consejo Asesor del CIP- Ecosocial y director de la Fundación de la Universidad Complutense. Vinculado al movimiento de Economía Crítica, su último libro, Pugna e incertidumbre en la economía mundial (2007), trata de economía política mundial.
 
La crisis nace de la interacción entre la desmesura de las finanzas y una globalización desregulada, inspiradas ambas por los planteamientos neoliberales. Esa combinación ha provocado una progresiva degradación de las funciones que el sistema financiero debe prestar para que la economía funcione satisfactoriamente.

La relación entre mercado y regulación pública se ha visto  deformada por la pretensión de que, en toda circunstancia, el mercado es autosuficiente para conseguir una óptima asignación de recursos y cualquier intervención pública es innecesaria e inexorablemente perturbadora, planteamiento que  carece de fundamentos teóricos y empíricos.

Las  dimensiones medioambiental y social han pasado a ser variables dependientes, elementos de ajuste sacrificables a la lógica económica así  entendida. La sociedad y los ciudadanos se han convertido en sujetos pasivos de procesos que les trascienden, y los ecosistemas, en una escenografía manipulable a voluntad.

Pretender que los trabajadores son personas y no simples mercancías, que la economía debe estar al servicio de la sociedad y no a la inversa, que el sistema económico es un subsistema subordinado a las exigencias que se derivan del buen funcionamiento de los sistemas físicos y ecológicos que proporcionan las condiciones para que pueda existir la vida, parecen en este discurso afirmaciones sin rigor científico. Pero sólo si las ponemos en primera línea se podrá abordar el fondo de la crisis y sentar las bases para un futuro esperanzador.

Hay que evitar el colapso de los sistemas financieros (internacional y nacional) colocándolos al servicio del buen funcionamiento de la economía, haciendo que las costosas medidas que se están tomando no queden en los circuitos internos de los hacedores de la crisis. Tienen que llegar al tejido empresarial real y a los ciudadanos, y para ello existen fórmulas técnicas. Tampoco es pensable que  los responsables de la crisis sean los forjadores de las nuevas reglas del juego en el ámbito financiero, nacional e internacional.

Hay que recuperar la regulación pública, tanto en el ámbito interno como en el mundial. En concreto, se precisa:

1. Aceptar las exigencias que se derivan del entorno medioambiental que sustenta la vida, dándole la prioridad que merece.

2. Poner la economía al servicio de las necesidades de las personas, de los ciudadanos de nuestro país y del mundo interrelacionado que habitamos, asumiendo que los mercados de trabajo no son simples mercados de mercancías.

3. Controlar los flujos internacionales de capital, especialmente los movimientos a corto plazo que deben ser severamente penalizados.

4. Regular y exigir transparencia a todos los operadores financieros con capacidad desestabilizadora, extendiendo la que se  practica en la banca tradicional a todos los nuevos operadores y productos.

5. Poner en marcha sin demora una iniciativa de gasto público mundial concertada y simultánea que permita hacer frente a la recesión global de la economía real.

6. Desarrollar en la U.E. instituciones públicas simétricas a la integración económica existente en su seno, replanteando las funciones del Banco Central Europeo y la orientación del Plan de estabilidad.



Annie Yumi Joh es responsable de Finanzas Éticas de SETEM, www.finanzaseticas.org, www.setem.org. Es miembro de la junta directiva de FIRES y participa en la Red Bank Track. Licenciada en Ciencias Políticas en la especialidad de Relaciones Internacionales y Filología Hispánica (Universidad de Davis, California) y curso experto e Historia Antigua.

¿Qué haría Copérnico? Hace unos días, en una reunión de trabajo junto a miembros de la Red Internacional Bank Track, visitamos el Monasterio de El Escorial y allí, en su biblioteca, nos cautivó una pieza: el astrolabio. Esta herramienta singular, aparentemente perfecta, nos hizo recordar que hasta el siglo XVI, los grandes científicos convencieron a todos de que la tierra era el centro del universo, una teoría que como sabemos hoy, estaba totalmente equivocada.

De manera similar, la crisis financiera ha estallado porque el actual sistema es defectuoso y la omnipotencia de las entidades financieras ha demostrado ser una equivocación. El mercado financiero no es un sistema perfecto y no se autocorrige. El colapso del sistema financiero ha desencadenado varias crisis: una crisis económica, marcada por la falta de confianza de los bancos; otra crisis social y medioambiental, en la que las personas más desfavorecidas y el planeta son los más perjudicados; y la crisis de gobernabilidad, por la cual la desregulación de los bancos ha permitido asumir riesgos excesivos en la búsqueda de beneficios a corto plazo, a costa de estrategias más prudentes.

Dado el fracaso absoluto del sistema actual, es hora de construir un modelo económico estable, basado en el crecimiento a medio y largo plazo, que esté orientado a resolver los problemas acuciantes que afronta el planeta. En este sentido, como hizo el Presidente Roosevelt después de la Gran Depresión de 1929, proponemos la construcción del New Green Deal. Los bancos tienen que desempeñar un papel clave en proteger el interés público, en lugar de proteger los intereses de unos pocos. Pueden tener un papel clave en financiar la transición hacia una economía baja en carbono, abandonando los proyectos energéticos basados en los combustibles fósiles. Los bancos deben estudiar el impacto que tienen los proyectos que financian y evitar así ael apoyo a aquellos que destrozan zonas de alto valor ecológico, como la Amazonía, y desplazan de manera forzada comunidades sin la previa consulta y consentimiento.

En definitiva, en este momento de descrédito del fundamentalismo de los mercados financieros, podemos, como hizo Copérnico con el sol respecto al universo, poner a las personas, a la justicia social y a la sostenibilidad del planeta en el centro del nuevo modelo.


Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus últimos libros son Sobre política, mercado y convivencia (Catarata, Madrid, 2006; en colaboración con José Luis Sampedro) y 150 preguntas sobre el nuevo desorden (Catarata/CIP, Madrid, 2008).

La crisis financiera —consecuencia directa de la dimensión radicalmente especulativa y desreguladora de la globalización capitalista— es, pese a las apariencias, la menor de las que tenemos entre manos. Resulta inconmensurablemente menos grave que las vinculadas con el cambio climático y con el inevitable encarecimiento de las materias primas energéticas.

A la hora de buscar soluciones a esa crisis conviene que rechacemos, por ficticias, dos de ellas. La primera es la que está cobrando cuerpo, de hecho, en los gobiernos de muchos países occidentales: se trata de sanear instituciones financieras con recursos públicos para permitir que, luego, vuelvan a las andadas. Es llamativo, en este sentido, que no nos lleguen noticias de procesamientos de los directivos de tales empresas. En definitiva, lo que parece que se manifiesta es un repudio de algunos de los “abusos” que han acompañado al despliegue del discurso neoliberal sin ninguna intención, en la práctica, de contestar en serio a este último. La otra respuesta, de cariz keynesiano, que merece ser rechazada es la que se topa con un problema del que los círculos mediáticos prefieren no hablar: los límites medioambientales y de recursos del planeta. Cuando el presidente Rodríguez Zapatero reivindica la obra pública en infraestructuras como un remedio frente a la crisis, hay que preguntarse quién podrá utilizar en unos años, con el litro de gasolina a precio prohibitivo, las autovías de nueva construcción.
 

Así las cosas, y en lo que hace a los países ricos del Norte, todas las soluciones imaginables pasan por una apuesta rotunda en provecho de la reducción del crecimiento y del consumo, acompañada, claro está, de una profunda reestructuración de nuestras sociedades sobre la base del reparto del trabajo, de la reivindicación de la vida social frente a la lógica de la producción y el beneficio, del ocio creativo, de la reducción en el tamaño de las diferentes infraestructuras, de la primacía de lo local frente a lo global, y, en fin, de la sobriedad y la simplicidad voluntarias. Todo ello debe verse acompañado, naturalmente, de un proyecto franco de redistribución de recursos en provecho de los más pobres.


Fernando Méndez Ibisate es doctor (premio extraordinario) en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid y profesor titular de Economía. Ha sido profesor visitante (visiting scholar) del Federal Reserve Bank of St. Louis (Missouri, EEUU) y de la University of Western Ontario (Londres, Canadá). Coeditor del libro Encuentro con Karl Popper (Alianza, 1993), ha publicado sobre marginalismo y neoclásicos y economistas españoles. Pero su principal línea de investigación se ha desarrollado en el ámbito de la teoría y política monetarias, tanto en términos históricos como aplicados al establecimiento del euro.

Nuestra economía ha padecido problemas y desequilibrios económicos previos al estallido de la burbuja financiera de la que, desde luego, también hemos participado. Esta crisis financiera, como todas las que históricamente se han catalogado de este modo, es internacional, lo que no significa que venga de fuera o sea exógena. Particularmente, las debilidades, los desequilibrios y la rigidez de nuestros mercados e instituciones económicas, faltos de reformas sustanciales adecuadas en los últimos seis años, han contribuido sobremanera a que dicha crisis tenga especial virulencia en las variables y sectores más expuestos.

Dado que la crisis financiera ha introducido graves problemas de confianza, crédito (incluido su sentido elemental de credibilidad) y fiabilidad entre instituciones, la salida de ese aspecto de la crisis pasa por devolver dicha confianza. Los problemas no son de liquidez, que se ha mantenido abundante durante muchos años y que, con las medidas de las autoridades, que han llegado a conceder préstamos sin límite a tipos bajos (3,25% en Europa y 1% en Estados Unidos), nunca ha sido escasa. Más bien su exceso ha estado en el origen de los problemas, incluida la sobrevaloración de activos (reales, financieros, inmobiliarios, materias primas…).

Igualmente, crece la incertidumbre sobre su amplitud e intensidad, porque el gobierno no pone las condiciones que faciliten la salida, suavizando ajustes y abaratando costes, sino que, al contrario, eleva cargas e impuestos, mantiene gastos irracionales e ineficientes y nos endeuda e interviene exponencialmente (con toda opacidad), lo que tensionará mucho las condiciones crediticias en los mercados financieros y dificultará las salidas de los agentes privados. El gobierno debe ajustar sus gastos para aliviar las cargas de los ciudadanos, que, con su dinero, contribuirán a sacar al sistema financiero de apuros y líos.

Bien están las medidas tendentes a devolver confianza y asegurar la liquidez, aunque más peligrosas e incongruentes son las bajadas de tipos o ciertos salvamentos, con dinero del contribuyente, de propietarios de empresas que actuaron pérfida o irresponsablemente y deberían purgar sus errores, como dicta el mercado. Más austeridad, ahorro, prudencia, seguridad, transparencia y sacrificio serían convenientes por todas partes.


Juan Emilio Iranzo Martín es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, director general del Instituto de Estudios Económicos, director del Master en Finanzas del CUNEF y decano del Colegio de Economistas de Madrid.

La crisis financiera internacional que vivimos tiene sus orígenes en una conjunción de factores que han colapsado, generando una profunda pérdida de confianza en el sistema financiero internacional, confianza que es el cimiento fundamental de dicho sistema.

Desde 2001 se decidió aplicar políticas monetarias excesivamente expansivas, con tipos de interés reales negativos en la mayor parte de los casos, con lo que se impulsaba el endeudamiento de los agentes económicos en su conjunto y se reducía el margen para discriminar el riesgo. En segundo lugar, los mercados funcionan con una enorme opacidad, siendo la transparencia de la información el elemento esencial para su correcto funcionamiento. En tercer lugar, no se debe olvidar la dificultad para regular y controlar las operaciones fuera de balance. Y por último, hay que tener presente la osadía de algunos bancos de inversión en los que los incentivos a la remuneración de los directivos ha resultado un instrumento perverso.

El problema de nuestros bancos y cajas de ahorro es la liquidez, por lo que hay que aplaudir la medida que avala las operaciones de intercambio, lo que ha permitido recuperar este mercado. Asimismo parece innecesario, en España, la subida del fondo de garantía de depósitos a 100.000 euros, si bien se estaban produciendo trasvases de fondos, sobre todo a Alemania para garantizar la totalidad de los depósitos.

Los bancos comerciales tienen muy diversificados sus riesgos, incluso con conexiones en el ámbito internacional, dentro de una política de apertura al exterior muy eficiente, impulsada por la fuerte competencia del sistema financiero internacional.

Nuestro sistema financiero puede dar lugar a que nuestras principales instituciones financieras se sitúen entre los líderes mundiales de su sector, puesto que este tipo de banca comercial se consolida después de las crisis en detrimento de la banca de inversión.

Habrá un antes y un después de la crisis, pero, en general, nuestro sistema financiero debe salir reforzado de la misma; sin embargo la tormenta no finalizará hasta que se restablezca la confianza, que se pierde muy rápidamente y tarda mucho en recuperarse, siendo el euribor su mejor barómetro.


Juan Hernández Vigueras, ex directivo empresarial y profesor universitario, es autor del libro La Europa opaca de las finanzas. Y sus paraísos fiscales offshore (Icaria, 2008) así como de otros libros, caracterizados por su crítica de la desregulación financiera. Pertenece a Attac y a Tax Justice Network.

Por el momento el rescate de bancos y entidades financieras, sea prestándoles la garantía del Estado o nacionalizándolos, tanto en los EEUU como en la UE, no ha puesto fin a los dieciocho meses de crisis financiera. Es solo un remedio de emergencia para intentar recuperar la confianza en el sistema y la fluidez del crédito en la economía real, cuya restricción y carestía genera efectos devastadores para las empresas y para el consumo. Para evitar el colapso de un sistema sin control de los Estados, los gobiernos han socializado las pérdidas para desbloquear la paralización del mercado interbancario del crédito, activar la economía real e intentar recuperar la estabilidad de las bolsas. Pero la crisis ofrece ahora características propias en la UE con 27 economías y sus 27 gobiernos en un “espacio” financiero abierto, sin supervisor comunitario que controle la solvencia bancaria.

El problema es que, aparte de la pretendida “refundación del capitalismo” (Sarkozy dixit), ninguna medida gubernamental ha osado coartar los mecanismos financieros en activo que han expandido la crisis. Nadie ha planteado el desmontaje del “sistema bancario en la sombra”, apoyado en los paraísos fiscales offshore que permiten el funcionamiento opaco de bancos y hedge funds, para centrifugar riesgos. Más aún, las nacionalizaciones del conglomerado asegurador AIG en los EEUU, del banco Northern Rock en Reino Unido o el rescate de los Landenbanken alemanes como de Dexia, el banco franco-belga-luxemburgués, han mantenido sus filiales en Jersey u otros centros offshore, a través de las cuales operan con ignorancia de las autoridades supervisoras nacionales e incluso de sus propietarios.

Por tanto, el punto de inflexión de la crisis financiera solamente se alcanzará con el desmontaje de ese sistema bancario paralelo y opaco para mercados financieros globales y desregulados. Lo que significará la recuperación del control de la situación por parte de las autoridades estatales y la introducción de regulaciones que pongan orden en los mercados del dinero y permitan a los gobiernos un control real de sus políticas económicas.

Profesor de economía sostenible, adscrito a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad del País Vasco. Sus últimos libros son: Economía Sostenible (2001); La gran transición hacia la sostenibilidad (2005) y Un futuro sin petróleo. Colapsos y transformaciones socioeconómicas (2008).

El sistema financiero ha funcionado sin ningún tipo de control y, como resultado, la especulación (inherente a dicho sistema) había alcanzado tal grado de magnitud, que ha colapsado. Las instituciones financieras nacionales e internacionales no han hecho nada para parar el proceso, porque la economía crecía. Pero, con ser grave la situación, la crisis financiera será superada en un período de seis a doce meses, si se ponen en marcha los mecanismos de control necesarios.

Sin embargo, no es la crisis financiera el problema que más nos debe preocupar, sino el actual proceso de agotamiento del petróleo. La crisis energética sólo se podrá superar en 15-20 años, si desde ahora se toman las medidas adecuadas. Por el contrario, algunos afirman que la escalada del precio del petróleo que hemos vivido en los últimos años era debida a la especulación, por lo que, al colapsar los mercados, el precio del petróleo se ha hundido. Ello explicaría la reducción del precio, superior al 50%, experimentada últimamente. Sin embargo, la Agencia Internacional de Energía (AIE), el Secretario de Energía de EE UU y los principales expertos defienden que el factor decisivo ha sido la incapacidad de la oferta para satisfacer la demanda. Y, al mantenerse las causas estructurales, pronto se retomará la senda alcista.

El precio del petróleo sube y baja siguiendo la estela de las bolsas, así que (sin tener en cuenta otros factores) volverá la dinámica alcista cuando las bolsas se recuperen. Pero hay otros factores que agudizan el problema. Desde principios de 2005 la oferta de petróleo permanece estancada y el fuerte incremento del consumo interno de los países petrolíferos está provocando la reducción de las exportaciones. En este momento, la demanda de petróleo sigue aumentando, aunque a menor ritmo, y la AIE prevé que su crecimiento se duplique en 2009. Se está empezando a parar el desarrollo de las explotaciones nuevas que constituyen la última frontera del petróleo (el de arenas bituminosas y, sobre todo, el de aguas muy profundas), porque se necesita un precio de 90-100 dólares por barril para que sean rentables. Así que en el futuro próximo tendremos menos petróleo disponible. La AIE prevé un precio medio del barril de 112 dólares en 2009. Pero muchos expertos afirman que pronto se superará esa cota. Miller (presidente de Gazprom) y M. Simmons (presidente del mayor banco de inversiones en energía de EE UU) afirman que el barril enfila los 500 dólares. C. de Margerie, director ejecutivo de Total, avisa que los precios se pueden ir “al cielo”. Estos precios serán la consecuencia del declive de extracciones que se producirá una vez alcanzado el techo del petróleo: el punto de máxima extracción (que se produce cuando se ha agotado la mitad de las reservas). Los principales analistas opinan que o bien ya se ha producido o que ocurrirá entre 2010 y 2012.


Susan George es la presidenta del Consejo de Administración del Instituto Transnacional. Sus últimos libros son Hijacking America: How the Religious and Secular Right Changed what Americans Think y We the Peoples of Europe.

La economía de los EEUU y la economía mundial están precipitándose cuesta abajo y la caída, en términos de trabajo, vivienda, consumo y bienestar futuro, va a ser grave para la gente corriente. Si este diagnóstico es correcto, habrá que usar algunas herramientas económicas nuevas para combatir la recesión y el estancamiento, simplemente porque las viejas han llegado a su límite y les queda poco o nada que ofrecer.

Puesto que las herramientas tradicionales están desgastadas, la única herramienta que yo veo para sacar el mundo de la ruina económica y el caos social es un nuevo keynesianismo, esta vez no militar, sino ambiental; un impulso para inversiones masivas en la conversión energética, en la industria compatible con la ecología, en nuevos materiales, en transporte público eficiente, en una industria verde de la construcción, etc.

Tienen que convertirse en norma unos estándares estrictos para los edificios nuevos. Los edificios más antiguos tienen que “retroadaptarse” con unas condiciones económicas cómodas; que las familias y los comercios puedan recibir incentivos por la instalación de tejados ecológicos y paneles solares y vender el exceso de energía a la red nacional de suministro. La investigación y el desarrollo tienen que estar orientados a las energías alternativas y a los materiales resistentes y ultraligeros para los aviones y los vehículos. Técnicamente ya sabemos cómo hacer todo eso, pero algunas soluciones limpias son todavía más costosas que las sucias. Con una producción en masa, serían menos caras.

Todas estas industrias, productos y procesos nuevos y ecológicos tendrían un enorme valor expansivo y podrían rápidamente convertirse en el estándar mundial. Estoy intentando describir un escenario que podría venderse a las élites, porque no creo que éstas abrazaran los valores ambientales genuinos y la conversión ecológica si no pudieran sacar nada de provecho para sí mismas. Sin embargo, este enfoque no es sólo un intento cínico de conseguir que las élites se muevan por su propio interés. Una economía así también tiene muchas ventajas para los trabajadores. Una gran conversión ecológica significa trabajo para una sociedad de alta tecnología, alta cualificación, alta productividad y altas tasas de empleo. La apoyaría, en mi opinión, la totalidad de la población, porque significaría no sólo un medio ambiente mejor, más limpio, más saludable, más respetuoso con el clima, sino también el pleno empleo, mejores salarios y nuevas habilidades, así como un propósito humanitario y una justificación ética.

¿Cómo se podría financiar un esfuerzo tan grande? Implicaría un gobierno orientado al gasto, en el sentido keynesiano tradicional, y los gobiernos se quejarían, con toda seguridad, de que no tienen medios para llevar a cabo una política como ésta. La crisis financiera ofrece una oportunidad ideal tanto para financiar la conversión, como para mantener bajo control el desbocado sistema financiero global.

Aquí nadie está pidiendo la Luna. Los bancos seguirán concediendo préstamos, financiarán inversiones y obtendrán bastantes beneficios por sus servicios. Los impuestos sobre transacciones de divisas sobre un punto básico no van a arruinar a nadie. Los impuestos unitarios sobre los beneficios de las grandes corporaciones simplemente nos devolverían a la época en la que las compañías pagaban sus impuestos porque no podían evadirlos. La cuestión es que con un sistema fiscal y de redistribución keynesiano se invertiría, a nivel nacional e internacional, tanto ecológica como socialmente, en educación, en sanidad, en energía limpia y verde, en una distribución de agua eficiente, en tecnología de comunicaciones, en transporte público y en otras cosas que el mundo necesita y que ya sabemos hacer. Estas medidas a su vez seguirían un camino muy largo hasta crear oportunidades para mucha más gente que participaría en la nueva economía verde a través de trabajos, formación a lo largo de toda la vida, una mayor protección social y menor desigualdad. Mantener bajo control público y ciudadano el actual sistema financiero que fluye con libertad, que no está regulado, que produce crisis financieras es un prerrequisito para la resolución de la crisis ambiental y la pobreza.

En otras palabras, es un sueño de relaciones públicas. Cualquiera que sea el partido político que entienda esto puede ganar con un programa como éste sin que nadie tenga que derribar todo el sistema capitalista como condición previa para la salvación del planeta.

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