Agenda Viva. Primavera 2006
Naturaleza intangible

La primavera y los grados de la mirada

Y pasa la tormenta, que todo lo transforma,
atraviesa el bosque y el tiempo
y todo parece carecer de edad:
el paisaje , como un verso del salterio,
es pujanza, rigor, eternidad.

Qué pequeño es aquello contra lo que luchamos,
lo que contra nosotros lucha, qué grande es;
si, pareciéndonos más a las cosas, nos dejáramos
asaltar de esta forma por una gran tormenta,-
nos volveríamos extensos y anónimos.

(Rainer Maria Rilke “El libro de las imágenes")


La primavera es la estación del surgimiento de la vida, en ella se despiertan las flores sobre la gravedad del invierno, los cielos amplían su altura y su azul, las personas, como la vida en general, se buscan en un cortejo que anuncia una explosión lenta de deseos, un apetito por lo bello.

Y entre todo este resurgimiento, aparece entre tus manos y tus ojos este nuevo número de AgendaViva, al que hemos incorporado pequeñas novedades.

A los promotores de esta publicación, nos complace que así sea, porque somos comprensivos con los signos, y nos esforzamos en ver tramas, donde otros ven el artífice ciego del azar. Así pues, tenemos una revista renovada en “la estación del nacimiento”, celebrando con sus páginas la primavera y saludando los secretos y los mensajes de este ciclo.

Extendamos con brevedad y sin agotar sus sentidos, el mapa de la primavera; la estación solar, que despliega su caligrafía en un juego de textos, subtextos y metatextos. Que son como significados que ocultan otros significados, o como grados que conducen a balcones de distinta altura donde asomarse a la vida.

Hay grados en la mirada. Así, hay seres que ven en una hierba doblada una aventura, un rumor lejano, una noticia callada, como otros ven peso, accidente y caída; un cazador siente el apetito de su presa y ese deseo da forma y tiempo a la hierba doblada, un poeta ve que el mundo se dobla en la hierba para saludarlo y el científico ve una geometría medida por la gravedad.

El que tiene la paciencia y el arte de este ver con grados, no sólo percibe a los brotes abriéndose camino en los tallos, a los olores derramándose, a los instintos hostigando  rebaños de hormonas; ve más y comprende que esos fenómenos se acunan en la urdimbre del tiempo. Por lo tanto, la primavera es  hija del calendario, con sus citas y  finales, por eso les habla de la belleza fugaz, de la impermanencia, de la renovación. Al contemplar un paisaje primaveral leen en la impresión de sus sentidos; fugacidad, renacimiento y belleza. En ese grado de la mirada, las flores no solo abren pétalos, sino también ideas, los olores se expanden más allá del olfato y la luz del sol es un confidente que nos habla de los viejos tiempos, cuando la naturaleza era transparente para el hombre.

Estos grados de la mirada, a su vez , nos señalan otros más inmensos. Pero no inmenso a la manera racional y cuantitativa del hombre moderno. Para el cual el universo se ha multiplicado y ensanchado en tamaño, pero se ha reducido en sentido. Para un hombre de las praderas de hace siglos, la luna estaba cerca y las estrellas tan próximas como el aliento. El firmamento era como un párpado que cubría de sentido y emoción su ojo. Hubo un tiempo en que los grados de la visión estaban unidos a los grados del ser, y todo hombre tenía el don de la ciencia, de la poesía y de la revelación, eso nos cuentan todas las tradiciones desde las occidentales a las orientales o los pueblos primordiales, hoy en día debemos recordar y recordarnos , para tener una porción de ese sentido de la unidad y del secreto.

La ciencia, ve que tal flor despliega su función en tal planta, y construye alrededor de sus pétalos una red de afirmaciones y observaciones. Esa red que atrapa la flor, como un guante, es para un ojo poético más amplia; al ver que la flor no nace  de un tallo concreto, sino del cuerpo de la tierra, que su nombre no se agota porque se renueva en los subsuelos del lenguaje, su peso es tan ligero como una galaxia y su forma es la de una estrella que antes de morir extiende su tacto sobre las hojas blancas del asombro.


Esa red que envuelva flor y universo, es para un ojo contemplativo la negación de lo ilusorio y la afirmación de lo bello que regresa a la Belleza, de lo luminoso que se repliega en la Luz, de la primavera inmovilizada en la Estación sin estaciones; ese lugar tan lejano como el polen y tan cercano como la materia oscura del universo. Una flor de silencio que calla con la palabra. Si para el poeta la palabra anuncia el silencio, para el contemplativo el silencio anuncia la Palabra.

La naturaleza, nos habla con un lenguaje que hemos olvidado, un lenguaje de símbolos. Cada elemento, criatura, suceso y rastro, es un algo visible que esconde otro algo invisible que lo completa y le da sentido; así nos hablan los símbolos y así la primavera mira al este, el lugar del nacimiento del sol, la brecha donde el horizonte nos devuelve la infancia y nuevas promesas. 

El que tiene un poco de inocencia, piensa con razón y sabiduría que la primavera llega para citarse con un secreto que solo él puede desvelar. Ese hombre inocente, se sube a su atalaya y como Alce Negro, contempla el círculo del mundo , escucha las confidencias de la flor de su corazón y se desborda en el sol de su nacimiento.

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