Los pueblos como cuerpos humanos

El hombre construye el espacio donde habita siguiendo un plano arquitectónico de orden sociocultural y simbólico y, a su vez el espacio ya construido inspira su imaginario y lo condiciona. ¿Quién es el hombre que habita una ciudad moderna? ¿Quién es el hombre que habita un pueblo? Intentando responder, aunque sea parcialmente, a esta pregunta nos vamos a fijar en un tríptico de conceptos urbanísticos y antropológicos, con la intención de acercarnos por estos caminos a la preocupación principal de esta serie de artículos: comprender un poco mejor la denominada “cultura rural” y sus síntomas de disolución. El tríptico que nos sirve de análisis son los conceptos de centro, periferia y límite en la tipología urbanística de los pueblos y su equivalente en la ciudad moderna.
Centro y periferia rural
La imagen fundacional de toda construcción humana es el propio cuerpo. El deseo y la necesidad de refugio es, en principio, una extensión del propio cuerpo humano. En este sentido, se ha dicho que si la piel es nuestra primera envoltura, la ropa es la segunda y la casa la tercera. A partir de esta necesidad natural el hombre extiende su concepción ontológica, histórica y cultural en sus poblaciones, dado que el hombre es a su vez un ser social. Una ciudad moderna y un pueblo que conserve su herencia cultural son dos estrategias muy diferentes -por decir lo mínimo- de considerar la naturaleza del hombre.
El hombre moderno, cumpliendo su imaginario ilustrado, se quiere sin jerarquías; sus únicas jerarquías aceptadas están reguladas por los mecanismos económico-biológicos de la función y nunca del valor. “Todos somos iguales”. De ahí que sus ciudades hayan ido borrando cualquier diferencia de orden cualitativo y la única “jerarquía” visible en ellas sea la marcada por el capital y su división entre zonas ricas y suburbios. Fuera de esta distinción, la ciudad se extiende en paquetes urbanísticos cada vez más indiferenciados. Si el fenómeno de la inmigración ha alterado aparentemente esta rutina topográfica, lo cierto es que su ubicación se ha canalizado, como tantas otras, por el capital.
Observemos que este fenómeno ha tenido dos impulsos correlativos. En un principio, los obreros o los campesinos emigrados se “autolimitaron” en espacios residuales o accesibles en un proceso constructivo caótico. Luego, con el crecimiento de las clases medias, la proliferación de un urbanismo al servicio de las empresas y las comunicaciones y por efecto de un rebosamiento de los barrios, han sido los sectores más adinerados –que habitualmente ocupaban los centros históricos- los que se han ido “autolimitando” en barrios selectivos. Fuera de esta diferenciación la ciudad se extiende con una fisonomía sin rostro. La moda de los edificios emblemáticos de nuevo cuño, como artefactos que exaltan la tecnología y con un sentido del arte como espectáculo de lo visible o simulación ágrafa, son incapaces de reescribir un sentido simbólico de los espacios habitados y más bien producen un efecto de aplastamiento o distorsión. La ciudad ha perdido la imagen-símbolo del hombre en su sentido profundo y primordial, y de ahí el efecto cada vez más generalizado de la deshumanización de la vida urbana.
Curioso efecto del hombre ilustrado, que, buscando la paz en la utopía del humanismo, crea por doquier extraños “golems” constituidos por fragmentos, urgencia y estridencia estética y ontológica. En la ciudad sin rostro medra un nuevo hombre, uno hecho de anonimato, de fugacidad, presionado por complejidades virtuales y operativas, un hombre que percibe su ciudad como un espacio todo él periférico y centrífugo. En contraste, los pueblos que mantienen su memoria arquitectónica, siguen conservando el simbolismo del centro y una geografía inconfundible de su periferia, por lo que en ellos pervive el topos fundacional del hombre.
Los pueblos que mantienen su memoria arquitectónica siguen conservando el simbolismo del centro y una geografía inconfundible de su periferia. Este diálogo topológico está fuertemente marcado por la iglesia como corazón del pueblo y las huertas como extremidades de su fisonomía. Tenemos en los pueblos la representación de la imagen del cuerpo humano como símbolo de orientación. Si a alguien que no conoce un pueblo concreto se le quiere citar en un lugar inconfundible y que sea reconocido desde lejos, este lugar es la iglesia. Su ubicación física es central y en ella normalmente confluyen la plaza y el ayuntamiento, representando en esta orientación un sentido donde el valor organiza la función. Las campanas de la iglesia circunscriben con su llamada esta topografía. La campana marca ese ritmo inefable que nos recuerda que el hombre regresa a su imagen, como el tiempo lineal de los días retorna al tiempo circular de las estaciones. La iglesia es, además, testigo extratemporal de los acontecimientos importantes de la vida del pueblo: bautizos, muertes, bodas, fiestas, catástrofes… Los vecinos viven y mueren, el pueblo crece o decrece, los acontecimientos históricos se suceden, pero su centro, representado en las piedras de la iglesia y el tañir envolvente y casi quieto de las campanadas, permanece.
Alrededor del pueblo se extienden y ramifican las huertas. En ellas se celebra la cosecha, esa recompensa siempre grata de la naturaleza cuando devuelve más de lo que se da. En las huertas también se laborea el esfuerzo, la observación, la paciencia, la incertidumbre, las tragedias naturales. La huerta son la despensa de la casa, la economía multifuncional, el consumo local, la tarea feliz de jubilados… Son un espacio perfecto para reflejar los que somos. En la huerta hacemos con nuestras manos lo que comemos y devolvemos a la tierra lo que no comemos. Es un biotopo a la medida de una persona, un laboratorio para hacer de la cosecha una expresión de nuestra ciencia. Observemos que la propia palabra cultura es de origen agrícola (cultura/cultivar), y en este sentido tenemos en las huertas la escuela originaria. Y, como es el espacio de la acción; de la actividad para el sustento y la siembra, se encuentra simbólicamente en los extremos del pueblo, como las manos se encuentran en el límite de nuestro cuerpo.
Límite
Quien dice centro dice límite y quien dice periferia dice límite. El primero es un límite vertical, dado que se refiere al límite de un punto estático, y el segundo es un límite horizontal, dado que se refiere al límite de la línea que circunscribe la periferia. El centro, representado por la iglesia, divide por tanto el cielo y la tierra. De ahí que se levante verticalmente y que para resaltar esta división cualitativa coloque en el límite de su torre el sonido intangible del campanario. En definitiva, el límite vertical es una llamada. La división vertical no solo tiene consecuencias sobrenaturales; es en este edificio convertido en órgano donde “suena” a muerto o donde se “llama” a celebrar la vida; también es la división natural entre el cielo y la tierra. División que afecta con preocupación, incertidumbre y alegría en las huertas, que esperan siempre el descenso propicio del clima. En ningún lugar se mira tanto el cielo como en los pueblos.
El límite horizontal coincide con la periferia o límite natural de los pueblos. Al contrario que en la ciudad, los pueblos muestran su rostro con claridad. Se sabe si se está dentro o fuera, si se ha llegado o se ha salido. De hecho, esta percepción condiciona toda una conducta social que los antropólogos han ido formulando como conflictos o conductas del límite y que en este breve artículo no podemos analizar. Lo que nos interesa resaltar es que en los pueblos se hace visible la noción de límite y que esta posibilidad es dadora no solo de dificultades o tensiones territoriales, sino también de una interioridad más pacificante y orientada de la condición humana. El hombre rural habitante de estas cartografías se ha mantenido ajeno a los idealismos de la ilustración y por eso la modernidad penetra en sus conciencias más lentamente o, si se prefiere, por otros caminos. En las ciudades, por efecto de la acumulación y de la disolución (dos principios que habría que analizar en detalle por sus peligros), el cuerpo humano como símbolo se ha desmembrado, fragmentado. Esta nueva criatura topológica nos entretiene, a veces nos deslumbra, pero por lo general nos aísla y nos exige un esfuerzo permanente.
Si lo que se afirma en este artículo es acertado, tendríamos que responder a la pregunta inicial de quién es el hombre que habita un pueblo como un hombre de la identidad o de la imagen de la identidad. Recordemos que toda forma, sea física o metafísica, precisa para su presencialidad de límite. O, dicho al revés, donde hay límite hay forma, sea esta cartesiana o no lineal, sea las formas de la rex extensa de Descartes o del Progreso, o sean las formas complejas de un fractal. Sin límite no hay sentido y no hay palabra, sin límite no hay ética, ni una casa que se haga felizmente habitable.
La forma de un pueblo es la huella de la imagen del hombre. Uno puede reconocer en esas huellas el paso de una identidad o de una semejanza. El hombre encuentra en los pueblos su molde natural. Por eso acude a ellos los fines de semana. Por eso siente que algo descansa interiormente y se dice a sí mismo lo que en la ciudad le es muy difícil: “aquí me escucho” o “aquí alguien o algo escucha”…
- 245 lecturas










Inicio

















Comentarios
Enviar un comentario nuevo