Agenda Viva. Invierno 2008
Naturaleza intangible

Naturaleza cantada

Los elementos tienen su propio timbre: el aire susurra, el fuego chisporrotea, el agua murmura y la tierra produce una voz sorda. A partir de aquí se producen innumerables combinaciones. Así, por ejemplo, el timbre oscuro del elemento tierra se aclara al mezclarse con el agua. Los sonidos altos, como los emitidos por un cuerno, se asocian al fuego cuando emergen del metal, y por eso ése era el instrumento para los holocaustos en el templo de Jerusalén. Sonidos bajos como el arpa y la flauta se relacionan con los valles, y éstos han inspirado danzas que todavía se denominan “a lo llano, a lo pesado”. Entre la montaña y el valle se extiende la distancia del mundo natural, y el hombre que canta y quiere acercar lo alto con lo bajo, emite un grito-llamada que todavía pervive en el folclore: el “relincho”. Vemos que el tambor que emite un sonido masculino, tiene forma de útero, y la flauta, que se asemeja a un falo, tiene un timbre femenino. De estas relaciones complejas entre la forma y el sonido, entre los elementos y los instrumentos, entre las especies y los cantos, entre la naturaleza y la capacidad polirrítmica del hombre, se ha ido atesorando un conocimiento ancestral cuya memoria y sabiduría hemos perdido. “La música es la más alta espiritualización de la naturaleza, porque la expresa con un mínimo de materia”, nos dice Marius Schneider. Los rescoldos de este legado los podemos encontrar escondidos, casi olvidados, entre la hojarasca dispersa de nuestro folclore rural; en sus cantos, en sus calendarios, en sus danzas, se percibe una filosofía que saborea la naturaleza en la trama nutricia de sus símbolos, que escucha la voz de cada especie y tiene el don de imitar y nombrar.

Toda cosmología es la manifestación de un ritmo. Los ritos son una rememoración de este ritmo. En el relato semítico del Génesis se observa cómo la naturaleza se muestra en pares de opuestos (luz y oscuridad, cielo y tierra, macho y hembra); toda esta red de relaciones, acontece en seis días, que simbolizan las seis direcciones del espacio, y con el séptimo, el día de reposo como centro de todas las posibilidades. En el hinduismo este ritmo creador se teje en la urdimbre del sonido OM (AUM); en el islam se nos dice que el verbo creador es KUM; ambos son sonidos que contiene tres fonemas, por lo que vemos un juego de relaciones complejas entre el “tres” y el “dos” de las polaridades primordiales. El vibrato de estas relaciones se va desdoblando y ampliando en la naturaleza como un canto incesante. En este sentido el canto es considerado superior a la palabra, Tsai-yu decía que “el canto perpetúa la palabra”, y un relato tradicional nos recuerda que Adán y Eva, no hablaban, sino cantaban. La letra en las canciones es un fenómeno tardío. Nuestros antepasados, utilizaban la imitación de los nombres secretos y de los sonidos naturales, para vehicular toda una “magia” de fuerte valor evocativo. Gracias a este arte podían atraer la lluvia, a las presas de caza o dialogar con los mundos transnaturales. En África Ecuatorial se observa cómo el niño emite su primer grito para reconocer por su timbre cuál es la melodía de su persona y el tipo de animal con el que se relaciona. Esta misma práctica se realizaba en China, y de una manera diferente la conservan los aborígenes australianos; en este caso es la primera patada del bebé en el feto lo que señala, según el espacio donde sucede, cuál es su animal de poder. Todo fenómeno tiene voz y por eso cantan no sólo los animales, sino las montañas, los minerales, las estrellas. Los vikingos elaboraban cartografías cantadas que les permitían navegar entre acantilados. Entre los hindúes la importancia ritual de cada fonema es tal que un solo error puede hacer fracasar toda la ceremonia. En todos los casos se observa esta misma relación, donde el hombre se hace receptáculo sonoro de la naturaleza. Si leemos con estas claves el relato del Génesis, vemos que Adán nombra a todos los animales y por lo tanto conoce su esencia; si, como decíamos antes, traducimos nombrar por cantar, vemos que el poder de Adán y de sus descendientes es el poder de descifrar los ritmos naturales, de imitar a toda criatura, de transformar la materia y el espacio en tiempo cantado, de comprender que el mundo es una realidad tejida con ritmos.

¿Qué nos queda en la actualidad de este arte? En las sociedades agrarias lo que sobrevive es una huella psíquica de los animales; el animal nos deja su máscara y su carácter, así se relaciona el zorro con la astucia, el lobo con la maldad o la libertad, la mariquita con la inocencia, el toro con la nobleza, etc. La función imitativa con los animales nos llega en forma del iyuyú de Asturias, los aturuxo de Galicia, los relincho de Burgos. Este grito final es una advertencia y aunque se haya olvidado su función protectora y retadora sobre bestias y espíritus, todavía sobrevive como un fósil sonoro. Se podría compilar y extraer el conocimiento que se tiene de la naturaleza en el repertorio del cancionero popular y su folclore. Sería un trabajo enorme, lleno de sorpresas y detalles a veces asombrosos y otras veces incomprensibles. La propia cultura rural se muestra olvidadiza con su herencia y ha ido perdiendo el compás de su son. No nos proponemos en este breve artículo un esfuerzo tan complejo; nos limitaremos a plasmar entre palabras algún retazo de canción y con ello invitar al lector a que esté atento a esta tradición y a que escuche la naturaleza con otros sonidos.

“El que quiera ser féliz / busque en la montaña amores” nos dice un retazo de canción, y otra tonada nos completa la imagen, con esta propuesta tan actual: “con mi cabaña / y mi huerta leré / y los madroños leré / ¡qué quiero más!”. El hombre de campo interioriza la naturaleza y expresa su alma en analogías de fuerza poética; “porque duerme sola el agua / amanece helada” nos dice este romance y nos recuerda que la soledad es una estación quieta y gélida. Los animales cantados en los pueblos son otra clase de zoología, sus tipologías responden a motivos de alianza o competencia con las labores de campo, a sus relaciones con las estaciones y los ciclos sagrados, a una etología de caracteres humanos y a un juego complejo de relaciones naturales y sobrenaturales, o al combate esencial entre la luz y la oscuridad, resuelto en todo tipo de polaridades: bondad y maldad, vida y muerte, prosperidad y calamidad, amor y desamor, etc. Así un animal tan modesto y tan benigno para los agricultores, por alimentarse de gorgojos, como es la mariquita (coccinela septenpunchata) ocupa un lugar positivo en casi todas las latitudes, los sefardíes la llamaban “bichito de luz” y los ingleses “oro de María” ( Mary-gold). Aparece en numerosas canciones infantiles como emisaria de la providencia: “Gatita de Dios / cuéntame los dedos / y vete con Dios” y también aparece como oráculo para el tiempo. En la misma línea se encuentran otros animales corrientes en los campos como lagartijas, saltamontes, mariposas, caracoles…, especies muy cantadas y que atesoran cada una sus particularidades. Algunas en curiosas asociaciones, como el lagarto y la culebra, relacionados uno con los hombres y la otra con las mujeres: “Remendando calzones / dijo la mora / ¡quién pillara el lagarto / que aquí retoza!”. Se dice en los pueblos que donde hay un lagarto, está cerca la culebra, en una trasposición del juego amoroso. Otros animalillos se asocian a ciertos trabajos, como es el caso de la libélula con las costureras o las golondrinas con los telares. Esta ave, por ser viajera, aparece en las canciones como transmisora de mensajes y noticias: “Dime, golondrina, dime / ¿dónde has pasado el invierno?”. Las aves son mensajeras de los ciclos estacionales y su presencia marca cada giro del ciclo anual: “Cuando hace la calor / cuando canta la calandria / y responde el ruiseñor / cuando los enamorados / van a servir al amor”. En la primavera el campo se engalana: “De colores, de colores se visten los campos / de colores, de colores son los pajaritos que vienen de afuera / de colores, de colores es el arco iris que vemos lucir / y por eso las niñas bonitas de muchos colores me gustan a mí”. Podemos afirmar que la naturaleza y el hombre rural son una unidad o mejor una continuidad de sentido, lo que sucede en uno resuena en el otro, como si fueran instrumentos de un mismo son.

En Acebo, el pueblo donde se escriben estos textos, en Semana Santa, sale el pueblo en procesión, y entre parada y parada, los hombres cantan con solemnidad: “Dame Dios buena muerte”. Una solicitud que tiene la cualidad de tomar conciencia de nuestra mortandad. La muerte y la vida son las dos notas que contienen toda la melodía natural y existencial, afortunadamente todavía en algunos pueblos se nombra esta polaridad que nos contiene entre dos latidos. En Toledo se escucha esta sugerente canción en la “danza del cordón”: “En el nombre de Jesús / las cintas están tejidas: / volvamos a destejer / con el nombre de María”. Esta letra nos remite a la simbología de los lazos y los nudos, un tema universal y de fuerte ambigüedad como nos recordaba en sus estudios Mircea Eliade. La imagen del tapiz y el tejido, es la imagen por excelencia del cosmos y del mundo natural. Cada elemento, cada criatura existente, sería una suerte de enlazamiento entre la trama y la urdimbre. Vivir sería un nudo, que se desata con la muerte; por eso, en muchas culturas, en las casas de los muertos se desataban los nudos y las mujeres embarazadas no podían portar nudos. Tejer en el nombre de Jesús es ligarse a ese nombre como protección contra el mal y las adversidades. Aunque este simbolismo va más allá de las prácticas mágicas y tiene una mayor profundidad metafísica, sabemos del uso de nudos o lazos para atraer algo querido en ceremonias muy antiguas. Como complemento, el destejer en el nombre de María sería el disolverse o desatarse, como acto de liberación interior. Jesús sería el Principio, al cual nos unimos y anudamos y María sería el Espíritu al cual nos vaciamos y regresamos. Dos polos, que como la inspiración y la expiración muestran todas las posibilidades del hombre. El canto del hombre sostenido en el puente de aire que va de su muerte a su Vida.


 

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