Agenda Viva. Otoño 2006
Naturaleza intangible

Naturaleza intangible

En los textos anteriores disertamos sobre las estaciones, contemplamos la sucesión de solsticios y equinoccios y sus reflejos en el hombre. Ese movimiento planetario en su relación con el Sol tiene algo de danza y de cita y se dibuja en el horizonte de la percepción natural.

Con esta sección que inauguramos, las estaciones no son horizontales, sino más bien verticales. Es decir, vemos y atestiguamos en la naturaleza grados, climas o estados ascendentes, significados que escalan por el ojo interno y lo iluminan con sentidos nuevos. La naturaleza, sus moradores, sus huellas y encuentros sobrevuelan hacia otras moradas. Esta visión vertical es la que da sentido a la palabra intangibilidad. Los poetas conocen este juego donde la forma se disuelve en el silencio de un sentido que desborda toda forma. En el Islam a este estado se le denomina faná (aniquilación). San Juan de la Cruz lo expresaba en su verso como “un no sé qué que queda balbuciendo”; Titus Burkhardt lo nombraba como “súbitos y discontinuos destellos”. Se le ha llamado lo innombrable, sunyata en el canon budista mahayana, “el lenguaje de los pájaros” en el Corán, etc.

¿Qué es este “ver” más allá del mirar naturalista? ¿Qué hay de verdadero y de provechoso para el hombre en este conocimiento trans-natural? ¿Por qué traemos a esta publicación sobre ciencia y naturaleza un “mundo” que anida escondido en el mundo, unas realidades que están veladas por nuestra realidad cotidiana y ordinaria?

Un personaje de Dostoievski se preguntaba a los cuarenta años si toda su vida había tenido sentido. Esta pregunta de una figura nítidamente moderna, escrita por un autor que anticipa el drama del hombre contemporáneo, nos sirve para contestar a la última de las preguntas. Los santos padres de desierto, los primeros cristianos que crearon en sus retiros el monacato, afirmaban que el peor pecado era la duda. En nuestro mundo la duda no sólo está bien considerada, sino que además marca tendencias y todo artista o intelectual que se precie debe reivindicarla como muestra de inteligencia. ¿Cómo es posible tal divergencia? Hay aquí la evidencia de dos humanidades, de dos maneras muy diferentes de entender la vida y por supuesto la inteligencia. Un Orígenes, un Dante, un Pancracio, un Plotino, por citar algunos, leerían la novela de Dostoievski con compasión y escucharían a nuestros intelectuales actuales con perplejidad, por decir lo mínimo. Aquellos contemplativos que se retiraron al desierto y vivían en una relación íntima y secreta con la naturaleza no dudaban o no hacían de la duda un eslogan. Como no se cuestionaba hasta la saciedad su vida psíquica un habitante de las praderas o un bosquimano.

A los cuarenta años en la tradición milenaria y primordial del hinduismo se la llama la cuarta edad o la edad “de retirarse al bosque”. Mientras nuestro personaje contemporáneo se aniquila en el nihilismo y la desesperanza, el hombre hindú extingue sus limitaciones egoicas en el silencio secreto del bosque interior. Uno no sabe para qué ha nacido y el otro retorna a la fuente de donde surge toda ciencia y toda santidad. La inteligencia para uno es vida psíquica, sucesión de acontecimientos, fenómenos físicos y sentimentales, datos y experiencias; para otro la inteligencia es el espejo donde se proyecta lo numinoso, lo innombrable, lo inmutable, el Origen. A los dos les podemos ver paseando por un bosque: uno nombrando, preguntando, comparando, analizando, haciendo colecciones de esto y aquello, revisando sin orden su vida, dando un paso tras otro por llegar allí o allá, dudando y sometiendo su mente al esfuerzo de adaptarse al cambio; el otro que mira el mismo bosque, que pisa las mismas hierbas y sortea los mismos canchales es un misterio. Decimos que es un misterio no porque pedagógicamente pretendamos encumbrarlo o sobrevalorarlo. Es un misterio porque, efectivamente, entender la mirada de Shankara, de Alce Negro, del anónimo cazador de aquellas estepas es para el hombre moderno un desafío.

Esta dificultad nace de que el hombre moderno se ha olvidado, en gran medida, de una de sus condiciones prenaturales, ha dejado obsoleto uno de sus órganos de conocimiento. Sin este órgano ve el vuelo del pájaro, entiende su anatomía, pero no escucha su “lenguaje”. Observa una piedra, comprende su estructura molecular y su utilidad, pero no sabe que su peso nos jala a un centro que disuelve toda duda. Este órgano, que se llama Intelecto, es real y es la puerta por donde el cosmos entra en el corazón del hombre. ¿Cómo algo tan pequeño –decía Lorca a propósito de un puñal, en Bodas de Yerma-, puede con algo tan grande como un hombre? Nosotros, siguiendo a Lorca, preguntamos: ¿cómo algo tan pequeño como el ojo de un hombre puede abarcar la bóveda celeste? Porque el ojo y el firmamento participan de la misma sustancia, porque lo exterior y lo interior se disuelven en ese órgano de conocimiento que hemos ido olvidando. Por todo ello, y a propósito de la naturaleza, nos parece importante traer a estas páginas un poco de esta ciencia. Aquellos hombres no eran ecologistas, no teorizaban sobre el desarrollo sostenible, no dudaban; vivían en la naturaleza con sensatez y sentido común y su cultura les permitía rastrear las sombras intangibles que proyecta la creación. No necesitaban tampoco ser sabios, porque su tradición era lo suficientemente sabia como para acogerlos.

Quisiéramos ir mostrando con estos breves artículos que la naturaleza no es sólo un laboratorio, una despensa o un espacio para el ocio. Que en ella suceden acontecimientos y enseñanzas que nos hablan de una ciencia antigua y elevada, una ciencia que urdió historias sobrenaturales, que tejió con símbolos templos y vestidos, que nombró espacios inmateriales, que coaguló en criaturas y recovecos rayos invisibles, que cantó las edades del hombre, que anotó el encuentro de la luz y la sombra en el temperamento de los astros; una ciencia que susurra, que sobrecoge y, sobre todo, nos recuerda el lugar donde el hombre abandonó su nave cuando desembarcó en este exilio que es la vida.

Sobre las dos primeras preguntas esperemos que se respondan a lo largo de los artículos. Crearemos una especie de guía de campo de márgenes y notas invisibles, una guía entre la botánica y la poesía, la astronomía y la metafísica, la antropología y lo imaginal. Daremos cuenta de lugares, actividades y criaturas que nos hablan al corazón colectivo del hombre, a la memoria vertical de ese hombre que a punto de extinguirse pide su recuerdo. No nos engañemos, no sólo estamos desgastando los recursos energéticos, no sólo contaminamos el entorno y defraudamos a la vida. El hombre escenifica en su entorno el mismo combate y el mismo fracaso que sucede en su interioridad. Hace tiempo perdimos los mapas del regreso a lo casa original, hemos llegado a olvidar que tenemos un órgano capaz de dotarnos de certeza y belleza, seguimos buscando soluciones fuera de nuestros epitelios, como decía el sabio griego Diógenes: “¿dónde hay un hombre?”.

Para el hombre moderno, limitado por un dualismo contagioso, el mundo y por supuesto su “humanidad” se constituye de materia y psiquismo. Otros hablan de cuerpo y alma. Esta noción exclusivamente occidental y bastante reciente es peligrosamente inexacta y está en oposición total a todas las tradiciones sapienciales de que tenemos noticia. Para los taoístas la creación es una manifestación de la Gran Triada, en el hinduismo una emanación del Tribhuvana, en la cábala y las tradiciones abrahámicas el cosmos refleja los tres mundos. Todos ellos tienen a su vez correspondencia en el hombre y éste se define por la interacción del cuerpo, el alma o la psique y el espíritu, el mismo esquema que, con otros nombres, el hinduismo formula como tamas, rajas y sattvas. Esta visión triangular es importante, porque de ella se desprende un visión profunda de la naturaleza, capaz de ofrecer sustento y materialidad, belleza o gozo y consciencia o salvación (apocatástasis panton).

En una visión dual no hay movimiento de ascenso, el mundo no tiene volumen, es una alternancia de deseos, y por supuesto no hay liberación ni contemplación. Nuestro aduanero interior nos advierte que más allá de la frontera racional el paisaje del ser plano adquiere volumen y por tanto la vida respira profundidad. Nosotros en estos artículos queremos proponeros un viaje que recuerde al espíritu, ese visitante dormido que espera una sacudida para hablar con nosotros. Essentia, sapientia y vita están presentes en la creación. No nos olvidemos de ninguno de ellos so pena de vivir sin haber vivido.

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